Reseñas

El reto del salto interior

por Armando Añel

El salto interior (Neo Club Ediciones, Miami 2011) no es una colección de ensayos al uso, centrada, como suele suceder, en la problemática sociopolítica o la crítica literaria benevolente. Tampoco se trata de un ejercicio de estilo y refutación, o de una suerte de rompecabezas fundamentalmente armado en base a consideraciones y presupuestos ajenos, como ocurre a menudo en la ensayística cubana.

A ratos, ciertamente, la prosa de su autor, el historiador y ensayista Ángel Velázquez Callejas, puede tornarse “barroca” –y las comillas aquí acusan alguna que otra sensación puntual más que una circunstancia concreta–, pero siempre desde una agudeza y un afán de descubrimiento, incluso de transgresión, que rebasa con creces la mera retórica o el lucimiento irresponsable.

Estamos ante un libro diferente, vital, desafiante: en “El salto interior” Callejas rompe con la Historia y lo enfatiza; rompe con el egotismo tradicional y lo emplaza; rompe con el nacionalismo cubano –con cualquier clase de nacionalismo—y lo subraya valientemente; rompe con los cánones establecidos por la vieja y la nueva intelectualidad del patio, y lo celebra sin titubeos.

Este no es un libro complaciente. Sin pelos en la lengua, a través de sus páginas Callejas señala una y otra vez las carencias e impedimentos que dificultan la liberación existencial, “el salto hacia la dicha” que constituye, o debería constituir, nuestra realización en espíritu. Un puente hacia la revolución interior como propuesta insobornable. El concepto de “poeta en actos” o “poesía en actos” –en contraposición al de “poeta en versos”—, insistentemente manejado por el autor a lo largo de “El salto interior”, apunta a ir más allá de lo imaginario, del lenguaje y la Historia como coartadas de nuestro inmovilismo inconsciente. A pasar de las palabras a los hechos vaciando de lugares comunes y esquemas prefabricados nuestra circunstancia vital.

En este cuaderno atrevido, profundo, dividido en cinco secciones interrelacionadas ―El ego, La Historia, José Lezama Lima, José Martí y El ser cubano―, Callejas dedica dos de ellas a dos figuras cimeras de la literatura y el pensamiento en Cuba, quienes sirven de basamento para la escenificación de su propuesta. Así, el desafío desvelado por el autor se alza ante nosotros como una montaña: el salto interior hacia el vacío desprovisto de Historia y Pasado que contiene la verdadera libertad, el auténtico crecimiento. El salto contra la “intelectualización del ser”. Gigantesco reto que, cual espada de Damocles, pende intermitente sobre nuestras cabezas. De que lo afrontemos de una vez ―para luego es tarde― dependerá, probablemente, el futuro de la especie.

En mitad del túnel, en lo más crudo del invierno, este libro es como una hoguera.

 

Sobre La mujer del coronel

Por: Angel velazquez Callejas

Todos los comentarios hasta ahora aducidos sobre la novela La mujer del coronel (Alfaguara,  2011) del periodista y escritor Carlos Alberto Montaner, concuerdan en los mismos puntos. Erotismo, sexo, amores, adulterio y política. El propio autor se ha encargado deliberadamente de delinear el tejido discursivo de la trama de la novela: entre sexo y política, el gobierno cubano usa viejas prácticas intimidatorias para preservar  la “moral comunista”. Vendría a bien, entonces, a un Estado con ínfulas patriarcales y machistas, usar el peor y más irreverente de los procedimientos y las fuerzas, como el inescrupuloso montaje de juntar evidencias clasificatorias sobre la sexualidad individual y espiar la privacidad más íntima para someter al escrutinio moral las fallas ideopolíticas de los  dirigentes cuestionados.

Una forma, desde luego, de extorsión y control desde lo más íntimo de la individualidad condena la libertad y el goce. De modo que este control sobre la libertad humana por medio de la vigilancia sexual pudiera delinear el tema central de esta novela, pero es al revés, de modo contrapositivo: es el desafío ante ese “control impúdico”, desde lo más individual, lo más privado, lo que en  suspense  queda advertido como meollo especular y existencial de la trama. Que en Cuba existe una “fuerza moral” subterránea a la presencia del régimen que lucha no enfrentada directamente a la política del Estado, pero sí que se resiste a sí misma deliberando por cuenta propia, lo que Rudolf Otto llama, en “Lo sagrado”, el mysterium fascinans, el sentimiento de espanto.

En Cuba hay miedo a la fascinación por la libertad. Ese es el gran dilema en Cuba: arde una gran ansiedad. De modo que puede que nos demos cuenta que algo no encaja, que algo anda mal, que el ideal del que nos hablaron cada día se prolonga más en lo utópico y lejano, pero la realidad  descargada debe ser encarada tal y como es. Pero es, paradójicamente, entre la realidad y la utopía donde vive esa fuerza, ese desafío que intenta asomarse con toda claridad, pero no lo consigue. O abraza el espanto, o te enfrenta ansioso desde el propio discurso nacional a la realidad reinante.

En su viaje a Roma, para participar en el congreso al que fue invitada, Nuria revelaba la infinita posibilidad del recuerdo irracional de la niñez y comparaba el espanto de la experiencia sobre la gastada y cansada política de la lógica del racionalismo nacionalista cubano. “Yo me sentía libre en Roma. Libre de qué, me pregunté. Libre de todo. Libre de mi marido. Libre de mi trabajo. Libre de mis compañeros. Libre de mis vecinos. Libre de del gobierno. Libre de la rutina que se me había metido bajo la piel como un animal hambriento y amenazaba con devorarme el corazón”. Se trata de un instante perceptivo nada más, porque de pronto cae en la cuenta de que es una ilusión, una farsa y regresa por empatía a su perenne estado anímico. La invadió la tristeza. No pudo soportar el “espanto de la libertad”.

De ahí la pregunta fundamental de la novela: “¿Tenía sentido mi vida?”. Nuria nunca más a lo largo del relato se preguntó. No fue necesaria la pregunta  porque Nuria, después de su viaje a Roma, daba cuenta de que el sentido no radicaba en una entelequia, en lo que pudo extraer del conocimiento de la psicología humanista, de lo que intuyó de la “terapia centrada al cliente”, en una supuesta relación de libertad y respeto entre el terapeuta y el “cliente”. Ni más ni menos en sobrevivir la vida buscándole un significado. Nuria comenzó a amar desde entonces las experiencias, las emergencias vitales desde que la relación de infidelidad –no de deslealtad– rozo los hombros con otro hombre, le posibilitó borrar por un espacio de tiempo definido los presupuestos tangibles del leguaje y la política en la evocación humana.

Lo que invocó el profesor Martinelli con el profuso experimento de que la intensidad del lenguaje erótico y la luz son directamente proporcionales a la intensidad de la recepción emotiva, demuestra que el lenguaje político obedece a la misma dialéctica del arte de la política. Nuria llegó a Roma cansada, ataviada del discurso político en la isla, pero desconocía el verdadero sentido. Intentaba llevar a la “normalidad” a sus clientes desajustados, pero sin tomar en cuenta que ella era una pieza del juego, miembro del claustro de profesores de la Facultad de Psicología, militante del PCC y mujer de un alto oficial del ejército que cumplía misión internacionalista.

¿A qué se oponía Nuria? A sus cuarenta años padecía lo que un pueblo padece a treinta años de disonancia discursiva. Siente como que la vida hasta entonces vivida pierde sentido, se vuelve rutina, siempre lo mismo. Su ponencia en Roma, “El lenguaje político, la disonancia cognitiva y la neurosis”, sin embargo, no le ayudaba completamente a comprender la situación por la cual el régimen desarticulaba la emotividad de sus miembros. Nuria nunca pudo entender por qué el suicidio era una  vieja curiosidad de lealtad ante el lenguaje. El suicidio de Arturo, su marido, cifraba la dicotomía especulativa de la esperanza. Si Nuria hallaba razones para un nuevo espacio, un nuevo sueño con Arturo, éste, contrario a lo que hizo, se sacrificaba por la moral establecida. La vida para Arturo había dejado de tener significado, había llegado al límite, no por la insatisfacción en la Revolución, sino porque el sexo en la mujer que amaba había eclipsado. En última instancia, el sexo determina la lucidez del significado de la vida. Del sexo nacemos y con el sexo morimos.

Habría que esperar la reacción de Nuria, dividida en dos direcciones irreconciliables: o escoger el camino de Arturo, desaparecer,  o padecer el maltrato del lenguaje. Lo sobrenatural, lo espantoso, ya no contaban como reacción, sino como virtud, felicidad y goce. Nuria se había liberado por completo.

 

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