Ser y literatura

Hay dos vías –las que conozco– para tener contacto con la verdad. No se trata de tener relación con los “realismos” tan usuales y de moda en la literatura, sino con la realidad, con la vida. De modo que hay dos maneras para salirse del “sueño inconsciente” de esas modas literarias y detener al mono parlanchín, el monólogo interior que es la vida exigua, la misma que le acontece a la dama de la “La bella durmiente” de Charles Perrault en sus Cuentos de Mamá Ganso.
Una vida sin alegría, música y poesía, dada por la maldición del hada literaria de moda.
El lector podrá consumir el placer del texto y gozar de cada palabra y frase a la manera teórica de Roland Bathers, pero será hasta ahí. Sentiremos que tiran de nosotros, que nos enganchan emocionalmente, pero no sabemos por qué. Nada sucederá a fondo con este placer, porque habremos de caer forzosamente en la dependencia al “percibir cualquier clase de impresiones nuevas”. Habremos de anular la libertad, nuestra dignidad como lectores. El placer del texto no es más que una dependencia dada por un estricto automatismo funcional interno del inconsciente humano. Es la mayor represión en toda la literatura.
O bien por contacto individual, a fuerza de voluntad y experiencias, se puede salir de este gran sueño metafísico; o bien por contacto literario, a través de “buena literatura”, la bella durmiente puede despertar. Entonces el lector puede llegar a conocer el engaño y la ridiculez del gran escenario literario.  Metafóricamente, la contradicción en que se halla la bella dama durmiente es de la misma magnitud de todas las teorías sobre el texto. Duerme eternamente porque se ha auxiliado –y esa es la maldición del hada malvada– del estigma literario de que el texto produce placer. Gurdjieff en la serie “Todo y todas las cosas” lo denomina una enfermedad humana.
Y yo estoy totalmente de acuerdo con Gurdjieff. Él es uno de los pocos escritores que ha advertido claramente esa enfermedad de la literatura moderna. ¿Por qué? La literatura ha sido y sigue siendo, como tendencia, como discurso autoritario, una respuesta a la historia de la represión humana. Por eso cautiva y da placer. El texto erótico es uno de los que más placer da, porque el sexo ha sido el tema más reprimido. En el inconsciente está todavía la semilla sembrada de la represión del sexo.
Pero no toda la literatura es buena para salirse de ese gran sueño. Por lo general, la literatura que se conoce como de “buen tono” –pongo el ejemplo de las admirables páginas de “Madame Bovary” de Gustave Flaubert–  ha sumergido al hombre, al lector,  en ese gran sueño. La literatura por lo general  es como el sueño de la dama durmiente. Pero lean ahora estas palabras de Gorki, de su gran novela “La Madre”:
“Las palabras de Andrés le vinieron involuntariamente a la memoria, y suspiró con tristeza. Estaba muy cansada de aquel día, y tenía hambre. El ronco y blando estertor del enfermo llenaba el cuarto, se deslizaba impotente sobre las paredes lisas. La silueta de los tilos tras la ventana recordaba a las nubes bajas, y desconcertaba los ojos con su tinte lívido. Todo parecía fijarse extrañamente en una tenebrosa inmovilidad, en la es-pera desolada de la noche.
“-¿Qué alegrías has conocido tú? ¿Puedes decirme qué ha habido de bueno en tu vida?”. No sólo da placer leerlas. No sólo nos atrapa, sino nos destruye. Sigues leyendo “La Madre” y llegas a un punto en que el placer por el texto desaparece. Nos olvidamos del texto y nos perdemos  entre frases y palabras. Nos ponemos al tanto de una realidad: que el texto nos ha engañado y ha estado separándonos de la vida.
Lin Yutang, en unos de esos escasos ensayos literarios de altura escritural, “La importancia de vivir”,  asegura que todo texto literario debe poseer el poder textual  de la síntesis: sensibilidad, realidad y soñar. Cuando estas tres cosas están juntas el lector se pierde y trasciende el mecanismo automático de la lectura. Entonces transciende la enfermedad, la que separa al ser de la literatura.

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Nota aclaratoria

Evidentemente Heriberto Hernández es uno de los grandes armadores de poesía. Tal y como ha hecho con otros textos, para ensamblar los libros que ha publicado, tuvo la osadía, sin mi consentimiento, de armar un poema a partir de los ensayos de mi libro El salto interior. Eso demuestra su  incapacidad para entenderlo y ejercer la crítica. Desde luego, para él es un gran “divertimento”, y en fin es lo que puede hacer un farsante intelectual para llamar la atención. En ningún momento he enviado poema a  Heriberto para ser publicado bajo mi firma. Todo lo que se dice allí, en “Una barrera para finalizar el viaje”,  es absolutamente responsabilidad de él.

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La poesía es un método de investigación

La vida no es un ejercicio vital para ser programada. Si las ciencias exactas investigan sobre la materia o las ciencias sociales sobre el sujeto histórico-social de forma pragmática y racional, la poesía es un método existencial que sirve para la  investigación sobre el mundo del espíritu, pero  sin programa. La poesia es  ciencia (un  impulso poético) imaginativa  sobre el alma, pero no contiene en si una teoría que se pueda universalizar. Como  dice Nietzsche, a la poesia le corresponde la poética de  La Gaya Ciencia, un método jovial, un  detective que enumera y señala  las enfermedades corporales. En un  sentido, la poesía le incumbe, en principio, investigar con ojo escrutador al hombre desvalido y  deficitario,  y cumple su  cometido cuando llega  al final de haber  auscultado  el malestar de la cultura. La poesía paradójicamente no es  per se un método propiamente de investigación sobre  el malestar, sino la comprobación fatica y real de la  buenaventuranza: la poesia funciona como una lampara, enciende la luz y abre el camino para conducir al hombre del  placer corporal a la dicha existencial  humana.

Una vez dejado atrás el trabajo de las ciencias sociales (sobre el malestar, la angustia y el temblor a la medida de como lo define Kierkegaard), el poeta, la poesía, el impulso poético  comienzan su labor de comprobación. ¿En qué punto del hombre es el comienzo? Aurobindo, en un libro que debe ser leído y meditado detenidamente, The Future Poetry, dice que es a partir de que el hombre se torna consciente del  “inconsciente”.  Es decir, en el momento  en que el sujeto descubre la conciencia de lo desconocido, y lo acepta,  sufre por añadidura  una convención poética; se transforma de un testigo que conoce en un poeta que penetra asombrado en lo desconocido. El sujeto no podrá  conocer la realidad desconocida que ha surgido ahora, tal y como conoció  la “realidad” del malestar y la angustia, pero la transformación en poeta lo colocara  pro nobis  en  poder sentirla y abrazarla; en  poder vivir con ella. Y, hasta cierto punto, lo desconocido ahora en el poeta  puede transformarlo  en un creador del  misterios. Una vez logrado esto,  una vez que el poeta transfigura   lo desconocido  en su propia muerte aparente, es decir, hace de lo  desconocido un  medio de  la experiencia vivenciar, surge una nueva entidad indagatoria, un  testigo supremo que observa, una  poética cósmica que avista de lejos el corpus ascético del planeta, que comenzará a soñar ahora con lo incognoscible. Y será un soñar diferente. Es a partir de aquí que verdaderamente comienza la labor indagatoria de la mas alta poesía. La poesía es -según nuestra opinión- el único método posible -como señala Heidegger- que puede hacer la pregunta esencial sobre el Ser:  en que lugar se oculta  y por que se oculta.

Lezama escribió un poema, El pabellón del vacío, mostrando que se había hecho consciente de este soñar, porque todo lo que escribió hasta entonces, incluyendo a Paradiso, fue soñar con el malestar de la cultura occidental. De una manera crítica, soslayando desde luego la metodología psicológica, Lezama había apoyado la tesis del psicoanálisis del inconsciente y el soñar lo represivo. Pero con El pabellón del vacío, poco tiempo antes de morir, Lezama dejaba el comienzo de un legado que nadie de la literatura cubana ha continuado. Acabo de leer El siglo entero: el discurso poético de la nación cubana en el siglo XX, 1898-2000 (Editorial Oriente, 2008), de Virgilio López Lemus, infatigable investigador de la historia de la poesía cubana. Más de trescientas páginas para corroborar la continuidad de un discurso poético de soñar el malestar de la cultura cubana. Porque todo discurso sobre el nacionalismo termina ofreciendo una verificación palpable de la ironía y el desacuerdo de una clase social sobre otra, de un sujeto social sobre otro. Aquí la poesía se mezcla con el rol de las ciencias sociales. Por eso vemos que la poesía que se escribe lleva el sello de lo psicológico, antropológico y sociológico. Aún en la literatura cubana no ha comenzado la labor esencial de la poesía.

Resumiendo: la poesía es un método esotérico de largo alcance  sobre la búsqueda de lo esencial. Sobre la realidad última de de la experiencia humana. Un método que se constituye,  subjetivamente,  particular a cada hombre. Nadie sabe de antemano cómo es. Nadie conoce a  ese método esotérico bajo ninguna doctrina universal, pero al experimentarlo  in sito, se puede captar su belleza poética, se puede sentir la satisfacción y la indagación ulterior. Para los cubanos puede considerarse como un método: ¡Bayam! No trabaja en la superficie, no indaga en el inconsciente; busca mas allá. Conceptos como  superhombre de Nietzsche,  Belcebú de Gurdjieff,  Naturaleza de Emerson,  Dicha grande de Martí, por mencionar sólo algunos ejemplos, pertenecen al soñar las buenaventuranzas, cuyas resonancias etéreas  pertenecen al comienzo y evolución de la investigación poética. De modo que, para concluir,  la poesía apunta, metafóricamente como dice Mabel Collins en Luz en el sendero, a que “la paz sea contigo”. Es como funciona una lámpara,  alumbra el camino oscuro hasta llegar al claro del ser.

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Poema de Ernesto G. al amigo Callejas

Poeta en actos punibles.

Poeta en actos sexuales.
Yo debiera ser poeta.
Alguna clase de poeta.

Poeta en actos vergonzosos,
poeta en actos asesinos.
Yo debiera ser poeta.
Poeta en actos inmorales,
poeta en actos invisibles.
Poeta en dos actos o en tres,
nunca en cuatro.
Poeta en actos infinitos.
Yo debiera ser poeta, os lo digo, poeta de tarde en la mañana, poeta
de luz en las tinieblas, poeta del ser que se desliza por el estar
muy tenuemente.
Un poeta en actos sublimes,
un poeta en actos finales,
un poeta que escriba un verso
que me redima de esos otros actos
innombrables.

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La mentira de que el pasado puede mejorar el futuro

Hace más de 20 años, cuando era estudiante de la carrera de Historia en la Universidad de Oriente, leí por orientación del profesor del curso de Metodología de la Investigación “Apología para la historia u oficio del historiador”, de ese gigante de la historiografía francesa, Marc Bloch, que editara su amigo Lucie Febvre en 1943.
El libro de la “Apología” había sido escogido para ser discutido en seminario porque entonces significaba una buena oportunidad para establecer cómo el materialismo histórico constituía la herramienta metodológica más eficaz para investigar la Historia. Y Marc Bloch, con ese método en  sus investigaciones, había traído una renovación fecunda en el campo de la historiografía mundial. Esta fue la conclusión a que arribamos en aquel seminario: la Apología respondía al legado del método marxista de la Historia. Y para ello Bloch había fundado lo que se conoce  hoy como la Escuela de Annales, con el propósito de una historia económica y social de las civilizaciones.
Pues bien, por accidente hace unos meses volví sobre la “Apología” de Bloch en la última edición corregida y aumentada, editada por su hijo mayor  Ernst Bloch en 1990, y en la que una bellísima introducción de Jacques Le Goff enaltece la labor historiográfica de quien fue su Maestro. No había concluido la lectura del primer capítulo del libro y ya recordaba yo lo sucedido en aquel seminario donde Bloch era para nosotros un desconocido. Pero ahora Bloch no se presentaba como el metodólogo, sino como el defensor de un concepto: la Historia como el mayor apoyo del hombre.
A causa de ese apoyo hemos vivido de la Historia, no de su metodología. La Apología de Bloch  constituye la Biblia de la renovación del pensamiento historiográfico mundial. Bloch nos dice: crean en la Historia porque es lo único sustancioso que posee la humanidad.  Y desde que ese libro apareció, la intelectualidad mundial ha creído en su apología. Existe una corriente de pensamiento atribuida a la Historia; así está hecha Cuba, de creencias históricas. El cubano ha estado subordinado a su historia.
Dos de los más grandes historiadores cubanos, Julio Le Riverend y Manuel Moreno Fraginals, embarcaron toda su obra bajo ese presupuesto apologético. El propio Fraginals, siguiendo los presupuestos del libro de la Apología, escribió uno  que tituló “La Historia como arma”. Mi libro El salto interior es esencialmente contra toda esa apología.
“Papá, ¿para qué sirve la historia?”, pregunta un niño a su padre en medio de la intervención nazi a Francia. Y esta pregunta es la que da pie a la Apología de Bloch. El padre da cuenta de lo que es posible con la Historia en tanto acción para vivir del pasado al futuro: la acción de que conociendo el pasado se puede mejorar el futuro. Y esta es la creencia básica. Nada más falso. Nunca ha sucedido y creo que nunca sucederá. Conociendo el pasado nunca se ha mejorado el futuro; de ahí mi propuesta del Salto. Todos aquellos que han hurgado en el pasado cubano no encontrarán la clave del presente y del futuro. Precisamente, sólo el pasado nos puede dar una idea de cuánto tiempo hemos perdido sin dar el salto.

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Sobre el ensayo trascendental

El ensayo en su forma original fue un modo de expresión narrativa sobre la verdad, sobre el misterio. “Así habló Zaratustra”, de Nietzsche, pertenece al tipo de ensayo transcendental. No hay que confundirlo con la forma lógica de expresar el conocimiento, lo que acontece en la vida del individuo, como hacen Jorge Luis Borges y Alfonso Reyes, ensayistas geniales por naturaleza dentro de la tradición iniciada por los “Ensayos” de Montaigne para alfabetizar y educar al público.
La distinción del ensayo trascendental en la época moderna la subrayó Emerson en el conocido texto  “El escolar americano”. Fuente de inspiración de todos sus ensayos y que Martí recobró e incorporó como original en su narrativa. La paradoja del ensayo trascendental estriba en un esfuerzo por parte del narrador de expresar lo que no puede ser dicho en palabras. Entrar en el espacio poético y luego argumentar, es de vida o muerte. Un esfuerzo mediante la expresión lógica, el lenguaje, para dar ciertas indicaciones de la experiencia y los aspectos que encierran atisbos del espacio poético. Por eso hay narradores de historias, como Kafka, que sin saberlo terminan haciendo  ensayos, remarcan el “yo narro” a través de ciertas experiencias tomadas del espacio poético. Historias que se hacen absurdas entendidas lógicamente. El ensayo en este sentido es mucho más complicado que hacer  poesía, pues esta última por su naturaleza, al estar más cercana a los orígenes del yo, no requiere de la elaboración lógica en ideas. El poeta puede derivar fácilmente en  ensayista, pero a un ensayista  se le dificultaría poder llegar ser poeta.
Pero el ensayo trascendental siempre deriva de la poesía trascendental. Es así como vemos el significado narrativo tanto en los ensayos de Emerson como en los de Martí y Lezama. Pero entre el ensayo y la poesía trascendental media un salto, una vacuidad, un vacío que no puede ser llenado mediante pensamientos, ideas y argumentos lógicos. Desde luego, en el ensayo trascendental no es el fundamento básico la demostración lógica, sino la comprobación de la experiencia poética.  El ensayo trascendental –y téngase esto como una diferencia fundamental con lo que se entiende después por ensayo– por supuesto constituye un cuerpo de ideas lógicas, cuyos argumentos sostenidos se originan en la experiencia interior y no como consecuencia de ella, tal y como lo veía Montaigne. Es la experiencia la que da lugar a la libertad de expresión. Aun así, la libertad es relativa en los “Ensayos” de Montaigne, pues pesa en ellos una sutil represión católica, como en la ensayística de Ortega y Gasset una educación judaica. Ensayos que aun están dependiendo del juicio de quienes no son ellos.
La moral católica y la moral judaica refrendan la actitud del ensayo en estos escritores, como en Cuba la actitud del patriotismo y el independentismo sujetan al ensayista a una suerte de dependencia lógica sobre las ideas fundadoras de la nación. El ensayo en Cuba está dirigido a fomentar una red de lectores confabulados con los que serán principios constituyentes de la nación cubana. Fue a través del ensayo como nació la nación cubana y su metarrelato: ensayos primero sobre lo criollo, luego sobre la nacionalidad y finalmente sobre la nación. Los ensayos sobre lo criollo derivaron en una pequeña red de lectores ilustrados en el siglo XIX. La nacionalidad ensayada se extendió a otro sustrato de la población alfabetizada de mediados del XIX, nacida en Cuba.  Y la nación se ensayó bajo el lema “con todos y para el bien de todos”.
No todos lograron leer los ensayos, pero la nación creció. Por eso el mayor ensayo de la nación cubana no es escritural, sino fundacional en sí mismo: la campaña de alfabetización en 1961 abre la mayor posibilidad de ensayos, el juicio de quien ensayara eternamente la nación a través de sus discursos.  El principio del independentismo y patriotismo cuenta desde entonces con la mayor red asociada al ensayo en Cuba después de 1959. Por alguna razón desconocida, los ensayos que expresaron cierta separación del orden establecido en Cuba guardan relación con el discurso y la manera de fomentar la nación en el orden patriótico independentista. El ensayo trascendental pueden ser entendido lógicamente, pueden ser leído de forma constante, puede expresarse metodológicamente, pero el énfasis tiene un sustrato existencial: viene de la vivencia, del origen para terminar en la vivencia. Cierra un círculo. Es decir, lo que yace como propósito en el ensayo trascendental no se infiere de una actitud lógica, del análisis en sí mismo, sino por medio de la conexión subrepticia de ciertas experiencias con el origen, con el misterio de la vida.
La forma de ensayar en Cuba, de lo trascendental del ensayo,  nació y murió con José Martí. Por ejemplo, Jorge Mañach, considerado la figura emblemática de la actitud ensayística cubana en el primer tercio del siglo XX, no conoció en profundidad el espíritu de la ensayística que se inició en los Estados Unidos en la década de 1840. Antonio Lastra asegura en “Los ensayos de Emerson” que Nietzsche fue un atento lector de esos ensayos y discípulo de Emerson; y que “Naturaleza” fue un texto precursor en  las ideas de “Así habló Zaratustra”. De igual modo, ensayistas del nivel de Santayana, Cabello y Thoreau fueron provocados por el método del ensayo de Emerson. Cuestión ésta que no tuvo repercusión en Cuba, pero que Martí se apropió de una manera sustancial.
Es bueno decir que Martí no se apropia del estilo con que Emerson desarrolló su prosa, sino del método, correcto o no, con el cual aspiraba sostener las experiencias poéticas mediantes ensayos íntimos. De modo que el concepto de ensayo que se abrió con la generación iniciada por Mañach en el curso de la narrativa cubana consistió, según la investigadora Amalia de la Torre, en “un género mixto de naturaleza esencialmente didáctica, filosófica y poética…que refleja el pensamiento y la preocupación del individuo en momentos de crisis por la humanidad”. Precisamente, el tono generacional es el que imprime un nuevo sentido al propósito del ensayo en Cuba: el ensayo sobre la nación. De acuerdo con la propia autora, “el ensayo no sólo existió en Cuba, si no que iba a ser la expresión utilizada en la misma, a lo largo de un proceso de formación e identificación como pueblo, por hombres que generación tras generación, sintiendo los mismos ideales, se eslabonan en la intimidad de haber vivido preocupados por su país”. (p 25). El ensayo tipo trascendental, al que Martí se adhirió a ratos, no consiste en un sentido generacional del término. ¿Por qué? Lo generacional implica un compromiso temporal con la conciencia del tiempo, pero en un determinado nivel, en el nivel más bajo de esa temporalidad. Así pues, el ensayo  en Cuba se sostendrá avalado por el compromiso generacional, histórico, y se deslizará a través de argumentos factuales  e ideas demostrativas de todo en cuanto al nacionalismo se refiere. Aquello que en un primer momento cristaliza como mentalidad colectiva, la nación deseada, se lleva a efecto mediante los ensayos, la necesidad de ensayar para educar.  El ensayista generacional se posesiona filosóficamente en relación al sujeto y objeto de ensayo. La diferencia de este modo de ensayar con respecto a los ensayos trascendentales no es sólo de contenido, sino de cualidad.
El ensayo trascendental parte del supuesto comprobatorio primero de experiencias; no se ensaya por necesidad sino para compartir la experiencia individual del ser libres de adjetivos; se ensaya sobre la experiencia misma, sobre el estado de percepción radical, donde el despertar del yo asume de forma indivisa al ensayo y al ensayista. El ensayo aquí no es un objeto en sí mismo, algo exterior por lo cual se ensaya –la nación por ejemplo–, sino la perspectiva lógica asumida de experiencias vitales, del acto poético puesto en un contexto lógico. Es decir, narrar lógicamente cómo la experiencia lleva a crear un circuito estructurado sobre la forma de cómo sucede lo esencial: la  transformación y el crecimiento poético. Los tratados de Yoga, que se adjudican a su creador, Patanjali, son formas refinadas de ensayos trascendentales. A Patanjali no le interesa la nación, el pueblo, la mentalidad colectiva, el metarrelato histórico o la ideología, sino el espacio poético y la gracia que habita en cada individuo, cuya realidad se  esconde detrás de esos conceptos rutinarios. Se debe asumir la nación como lo que es: entidad gubernativa y burocrática con fines operacionales.
Los nuevos ensayistas, el ensayo generacional,  prefieren que sean la lógica y los argumentos narrativos en sí mismos los que formen la comprobación de la realidad. ¿Comprobar qué?  Que los argumentos sean en sí mismos suficientemente sostenidos, coherentes, lógicos, analíticos, sobre el objeto de estudio o de ensayo, para que sean creíbles. Tanto a Varona como a Mañach sólo les importaba el destino de la nación. Hoy todavía el ensayo en Cuba está poseído del lastre generacional de la “nación soñada”. Para el ensayo, como para cualquier género de expresión, el meollo de la cuestión estriba en el concepto que se tenga de la existencia. Hasta dónde el objeto de ensayo es existencial o no, es asunto que roza la raíz de todo el problema en el pensamiento humano, y en particular en la narrativa cubana.

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Cinismo de la poesía

En la época (1880) en que José Martí cuestiona ciertos fundamentos de la “filosofía de la Historia”, había pasado más de una década de la publicación de los ensayos de Emerson. En uno de ellos, “El poeta”, se lee la siguiente declaración: “La esencia de la poesía reside en abolir el pasado y refutar toda la Historia”. Emerson acudía a una crítica al cinismo y romanticismo en la literatura, a sabiendas de que éstos podían prevalecer como formas mágicas de realismo historicista.
Cien años después, el filósofo alemán Peter Sloterdijk –desde su monumental libro “Crítica de la razón cínica”, de  profunda visión humanística y elaborado estéticamente a partir de la crítica a la filosofía analítica, en contra de los presupuestos de la razón instrumental, pasando por su “Extrañamiento del mundo”, que dio a luz en 1993 y que produjo un cambio sustancial en su pensamiento, hasta desembocar en los admirables ensayos de las “Esferas” (burbujas, globos y espumas),  cuyos textos aparecieron entre 2000-2005–, asiduo lector de Emerson y Nietzsche, acierta al mirar el mundo desde el espacio y no desde el tiempo. Se trata de cómo la geografía de las palabras se sobrepone a las palabras de la Historia. Desde luego, la observación de Sloterdijk es interesante: ve el tránsito de la evolución  humana paralizado: del cinismo a la construcción de las más amplias esferas de protección en la vida social y cultural. Del individualismo cínico al colectivismo cívico. El ser humano es hoy, según Sloterdijk, un ser que busca la protección a toda costa y olvida por completo la  esencia de la libertad. Y concluye que sin protección, sin apoyos, el ser humano no podría sobrevivir tal y como sobrevive en la sociedad actual, porque en todas las formas sociales se contiene un substrato embriagador de una sutil significación textual que protege al hombre, que cuida de él. El hombre no acepta andar desde sus pies.
En “Reglas para el parque humano”,  Sloterdijk se detiene con valentía para señalar por su nombre el estado real de la humanidad actual: el hombre es un ser domesticado y condicionado a ciertas tramas de la literatura y el arte. A cierto realismo que no hace más que invocar el cinismo por el cual discurre la Historia.
Es decir, en términos políticos el hombre no podría existir sin la fundamentación de imperios, nacionalidades, naciones, partidos, estados y globalización. En términos sociales, sin filosofías, ideologías,  teologías, religiones, democracias y libertades. En términos culturales, sin historia, narración y poesía. Y todas estas mitificaciones formales parten  de la geografía y la Historia, de la mente que se explaya en la invención de un todo geográfico e histórico como mito.
En este sentido, también existe una esfera de protección muy sui generis en la cultura latinoamericana, sobre todo en la cubana, que surgida en el siglo XIX  se expande hasta hoy  pretendiendo vislumbrar lo que dicen algunos ensayos: se trata de la esfera de la poesía. Los poetas han tomado el riesgo de convertirse en los más grandes protectores de la cultura latinoamericana; han intimidado a la Historia a tal punto que han asumido ellos el rol de la protección. Es un lujo del arte, de la postmodernidad, porque ya no se cuenta con más poder de enseñanza que la poesía. La Historia ha fracasado y la poesía ha tomado el mando de la domesticación. Claro está, me refiero a la dimensión de la poesía en versos, del poeta que está por cierto reconocimiento dentro de la sociedad. ¿Qué es ese voluminoso estudio, “Lo cubano en la poesía”, de Cintio Vitier? Una obra para protegernos ante la caída del metarrelato de la historia de Cuba.
¿Y por qué esta esfera puede surgir, puede sustituir a la Historia en propósitos convencionales? Porque puede mentir más fácilmente. Puede adornar y decorar una idea sin que prevalezca cierto realismo. Se apoya en la imaginación. Se puede creer las cosas con mayor ingenuidad. Es una poesía del primer tipo, la del ego poético.
Es muy extraño lo que sucede en la actualidad, y no puede ocultarse, pero el mercado  está siendo dominado por una publicidad de “corte poético”; como si en el anuncio de una Coca Cola  se estuviera leyendo “poesía”. Los metarrelatos textuales en la publicidad han ido desapareciendo, a tal punto que los textos publicitarios de hoy son más parecidos a un tono poético que a un discurso contractual. La poesía está siendo negociable. Trátese de implementar una política cultural, o un proyecto cultural, se trata de un negocio que coarta la libertad individual. Estamos siendo enseñados sutilmente por la poesía. Prevalece cierto cinismo en esa protección. Esta esfera de la poesía, por ejemplo, fue la que atrajo la atención de una de las tendencias culturales más significativas dentro de la cultura cubana: el grupo Orígenes. Todo lo que intentó hacer Orígenes, de un modo u otro, fue proteger la cultura cubana de la espuria historicista: ensayar la idea de que la cultura cubana sería salvada por la poesía, por la vanguardia del grupo  Orígenes, por la poética de la insularidad. Esa era toda la idea del catolicismo lezamiano, proveniente de la idea judía de la llegada del Mesías. Lezama no se mentía a sí mismo, pero creaba sin saberlo una esfera de protección, una invención que se perdía abrumadoramente en la concepción de las eras imaginarias.
Pero al parecer la era del poeta será la última era. ¿Qué sucederá después? Aún no lo sabemos. Pero como esfera, como burbuja, globo y espuma, la era del poeta habrá de desaparecer.
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