Ensayos

El ensayo en su forma original fue un modo de expresión narrativa sobre la verdad, sobre el misterio. “Así habló Zaratustra”, de Nietzsche, pertenece al tipo de ensayo transcendental. No hay que confundirlo con la forma lógica de expresar el conocimiento, lo que acontece en la vida del individuo, como hacen Jorge Luis Borges y Alfonso Reyes, ensayistas geniales por naturaleza dentro de la tradición iniciada por los “Ensayos” de Montaigne para alfabetizar y educar al público.

La distinción del ensayo trascendental en la época moderna la subrayó Emerson en el conocido texto  “El escolar americano”. Fuente de inspiración de todos sus ensayos y que Martí recobró e incorporó como original en su narrativa. La paradoja del ensayo trascendental estriba en un esfuerzo por parte del narrador de expresar lo que no puede ser dicho en palabras. Entrar en el espacio poético y luego argumentar, es de vida o muerte. Un esfuerzo mediante la expresión lógica, el lenguaje, para dar ciertas indicaciones de la experiencia y los aspectos que encierran atisbos del espacio poético. Por eso hay narradores de historias, como Kafka, que sin saberlo terminan haciendo  ensayos, remarcan el “yo narro” a través de ciertas experiencias tomadas del espacio poético. Historias que se hacen absurdas entendidas lógicamente. El ensayo en este sentido es mucho más complicado que hacer  poesía, pues esta última por su naturaleza, al estar más cercana a los orígenes del yo, no requiere de la elaboración lógica en ideas. El poeta puede derivar fácilmente en  ensayista, pero a un ensayista  se le dificultaría poder llegar ser poeta.

Pero el ensayo trascendental siempre deriva de la poesía trascendental. Es así como vemos el significado narrativo tanto en los ensayos de Emerson como en los de Martí y Lezama. Pero entre el ensayo y la poesía trascendental media un salto, una vacuidad, un vacío que no puede ser llenado mediante pensamientos, ideas y argumentos lógicos. Desde luego, en el ensayo trascendental no es el fundamento básico la demostración lógica, sino la comprobación de la experiencia poética.  El ensayo trascendental –y téngase esto como una diferencia fundamental con lo que se entiende después por ensayo– por supuesto constituye un cuerpo de ideas lógicas, cuyos argumentos sostenidos se originan en la experiencia interior y no como consecuencia de ella, tal y como lo veía Montaigne. Es la experiencia la que da lugar a la libertad de expresión. Aun así, la libertad es relativa en los “Ensayos” de Montaigne, pues pesa en ellos una sutil represión católica, como en la ensayística de Ortega y Gasset una educación judaica. Ensayos que aun están dependiendo del juicio de quienes no son ellos.

La moral católica y la moral judaica refrendan la actitud del ensayo en estos escritores, como en Cuba la actitud del patriotismo y el independentismo sujetan al ensayista a una suerte de dependencia lógica sobre las ideas fundadoras de la nación. El ensayo en Cuba está dirigido a fomentar una red de lectores confabulados con los que serán principios constituyentes de la nación cubana. Fue a través del ensayo como nació la nación cubana y su metarrelato: ensayos primero sobre lo criollo, luego sobre la nacionalidad y finalmente sobre la nación. Los ensayos sobre lo criollo derivaron en una pequeña red de lectores ilustrados en el siglo XIX. La nacionalidad ensayada se extendió a otro sustrato de la población alfabetizada de mediados del XIX, nacida en Cuba.  Y la nación se ensayó bajo el lema “con todos y para el bien de todos”.

No todos lograron leer los ensayos, pero la nación creció. Por eso el mayor ensayo de la nación cubana no es escritural, sino fundacional en sí mismo: la campaña de alfabetización en 1961 abre la mayor posibilidad de ensayos, el juicio de quien ensayara eternamente la nación a través de sus discursos.  El principio del independentismo y patriotismo cuenta desde entonces con la mayor red asociada al ensayo en Cuba después de 1959. Por alguna razón desconocida, los ensayos que expresaron cierta separación del orden establecido en Cuba guardan relación con el discurso y la manera de fomentar la nación en el orden patriótico independentista.

El ensayo trascendental pueden ser entendido lógicamente, pueden ser leído de forma constante, puede expresarse metodológicamente, pero el énfasis tiene un sustrato existencial: viene de la vivencia, del origen para terminar en la vivencia. Cierra un círculo. Es decir, lo que yace como propósito en el ensayo trascendental no se infiere de una actitud lógica, del análisis en sí mismo, sino por medio de la conexión subrepticia de ciertas experiencias con el origen, con el misterio de la vida.

La forma de ensayar en Cuba, de lo trascendental del ensayo,  nació y murió con José Martí. Por ejemplo, Jorge Mañach, considerado la figura emblemática de la actitud ensayística cubana en el primer tercio del siglo XX, no conoció en profundidad el espíritu de la ensayística que se inició en los Estados Unidos en la década de 1840. Antonio Lastra asegura en “Los ensayos de Emerson” que Nietzsche fue un atento lector de esos ensayos y discípulo de Emerson; y que “Naturaleza” fue un texto precursor en  las ideas de “Así habló Zaratustra”. De igual modo, ensayistas del nivel de Santayana, Cabello y Thoreau fueron provocados por el método del ensayo de Emerson. Cuestión ésta que no tuvo repercusión en Cuba, pero que Martí se apropió de una manera sustancial.

Es bueno decir que Martí no se apropia del estilo con que Emerson desarrolló su prosa, sino del método, correcto o no, con el cual aspiraba sostener las experiencias poéticas mediantes ensayos íntimos. De modo que el concepto de ensayo que se abrió con la generación iniciada por Mañach en el curso de la narrativa cubana consistió, según la investigadora Amalia de la Torre, en “un género mixto de naturaleza esencialmente didáctica, filosófica y poética…que refleja el pensamiento y la preocupación del individuo en momentos de crisis por la humanidad”.

Precisamente, el tono generacional es el que imprime un nuevo sentido al propósito del ensayo en Cuba: el ensayo sobre la nación. De acuerdo con la propia autora, “el ensayo no sólo existió en Cuba, si no que iba a ser la expresión utilizada en la misma, a lo largo de un proceso de formación e identificación como pueblo, por hombres que generación tras generación, sintiendo los mismos ideales, se eslabonan en la intimidad de haber vivido preocupados por su país”. (p 25).

El ensayo tipo trascendental, al que Martí se adhirió a ratos, no consiste en un sentido generacional del término. ¿Por qué? Lo generacional implica un compromiso temporal con la conciencia del tiempo, pero en un determinado nivel, en el nivel más bajo de esa temporalidad. Así pues, el ensayo  en Cuba se sostendrá avalado por el compromiso generacional, histórico, y se deslizará a través de argumentos factuales  e ideas demostrativas de todo en cuanto al nacionalismo se refiere. Aquello que en un primer momento cristaliza como mentalidad colectiva, la nación deseada, se lleva a efecto mediante los ensayos, la necesidad de ensayar para educar.  El ensayista generacional se posesiona filosóficamente en relación al sujeto y objeto de ensayo. La diferencia de este modo de ensayar con respecto a los ensayos trascendentales no es sólo de contenido, sino de cualidad.

El ensayo trascendental parte del supuesto comprobatorio primero de experiencias; no se ensaya por necesidad sino para compartir la experiencia individual del ser libres de adjetivos; se ensaya sobre la experiencia misma, sobre el estado de percepción radical, donde el despertar del yo asume de forma indivisa al ensayo y al ensayista. El ensayo aquí no es un objeto en sí mismo, algo exterior por lo cual se ensaya –la nación por ejemplo–, sino la perspectiva lógica asumida de experiencias vitales, del acto poético puesto en un contexto lógico. Es decir, narrar lógicamente cómo la experiencia lleva a crear un circuito estructurado sobre la forma de cómo sucede lo esencial: la  transformación y el crecimiento poético. Los tratados de Yoga, que se adjudican a su creador, Patanjali, son formas refinadas de ensayos trascendentales. A Patanjali no le interesa la nación, el pueblo, la mentalidad colectiva, el metarrelato histórico o la ideología, sino el espacio poético y la gracia que habita en cada individuo, cuya realidad se  esconde detrás de esos conceptos rutinarios. Se debe asumir la nación como lo que es: entidad gubernativa y burocrática con fines operacionales.

Los nuevos ensayistas, el ensayo generacional,  prefieren que sean la lógica y los argumentos narrativos en sí mismos los que formen la comprobación de la realidad. ¿Comprobar qué?  Que los argumentos sean en sí mismos suficientemente sostenidos, coherentes, lógicos, analíticos, sobre el objeto de estudio o de ensayo, para que sean creíbles. Tanto a Varona como a Mañach sólo les importaba el destino de la nación. Hoy todavía el ensayo en Cuba está poseído del lastre generacional de la “nación soñada”. Para el ensayo, como para cualquier género de expresión, el meollo de la cuestión estriba en el concepto que se tenga de la existencia. Hasta dónde el objeto de ensayo es existencial o no, es asunto que roza la raíz de todo el problema en el pensamiento humano, y en particular en la narrativa cubana.

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