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MITO, PODER Y CASTRISMO

Hans Blumenberg, en uno de sus mejores estudios, Trabajo sobre el mito, afirma que la historia de la humanidad se caracteriza por un montaje entre la “realidad” del individuo, su estructura mental, y los mitos y leyendas que le fueron creados. Fue a partir de esta hipótesis sobre el mito, sobre todo el mito de Prometeo, que Blumenberg  puso entredicho la autenticidad de la  era moderna respecto a la Edad Media.

Nunca en lo esencial –afirma el filósofo alemán– sucedió un distanciamiento entre ambas eras, porque el estudio del mito lo desmiente.  Tanto la ilustración como la modernidad y las postguerras mundiales subyacen en base a antiguos mitos: los mitos se convierten, una vez más, en metáforas esenciales de la existencia humana.

La conclusión de Blumenberg radica en que las sociedades humanas han sobrevivido, y  se han estructurado socialmente, gracias a algún mito. Las sociedades modernas, por ende, conforman de algún modo un tipo de estructura mitológica. Los conceptos de “realidad” que propuso la Ilustración y, por consiguiente,  los que impuso la Modernidad, están basados en alguna leyenda mitológica. Los conceptos de rebelión, revolución, progreso, ideología, política, democracia, entre otras abstracciones que conforman la nueva realidad ilustrada y moderna, no están separados de antiguos mitos.

En ese sentido, nos hemos preguntado si existe la forma de superar la trasgresión mitológica de algunos mitos en el devenir de la humanidad, con el objetivo de que el hombre se libere  de esa ansiedad. Aun cuando la respuesta sea afirmativa por algunos estudiosos del tema, dar muerte al mito, ha dicho Blumenberg en alguna  parte, es una máscara. El mito ha funcionando y, gracias a él, las sociedades sobreviven. Pero Blumenberg no encuentra el modo de superarlo y, por ende, cae víctima de la selección, el análisis y la lógica contextual. Habla de dar muerte definitiva al mito, pero estableciendo una dualidad: los mitos de carácter estético deben permanecer. Toda su propuesta concluye en una formulación muy ambigua, pero muy lógica: sólo le importa dar muerte a ciertos mitos, provengan de donde provengan, que dan origen al autoritarismo, la dictadura y las prácticas políticas totalitarias.

El análisis que propone del mito Prometeo desde la mirada de Goethe,  en la que Napoleón encarnado se convierte en un dictador, puede ser un ejemplar modelo de investigación para desmitificar el mito sobre el totalitarismo castrista en Cuba, que viene a ser, también desde la mirada de Céspedes/Martí hacia Prometeo, origen y recurrencia del metarrelato mítico de la revolución cubana mediante el cual Fidel Castro se convirtió en dictador, pero indagando también en las implicaciones de lo estético sobre lo político.

Ahora bien, en un proceso histórico como el cubano es muy difícil  comprobar, en todas sus dimensiones socio-históricas y culturales, las implicaciones estéticas y políticas del mito sobre el origen y desarrollo del totalitarismo castrista. Pero habremos de ver, por lo pronto, algunos puntos en forma de hipótesis, con el ánimo anticipado de ampliarlos y comprobarlos en futuras indagaciones.

-En Cuba han sucedido tres revoluciones sociales: a) por la independencia colonial (1868-1898), b) la de 1930, en contra de la dictadura machadista, y c) la de 1959, contra la dictadura de Fulgencio Batista, todas enmascaradas bajo el mito de Prometeo, pero esta vez bajo la acuciosa mirada que nos ofrece Andrés Gide sobre “Prometeo mal encadenado”.

-Es decir, la fuerza de la libertad para todos se traduce en fuerza para uno. Es Fidel Castro quien encarna definitivamente la aptitud grotesca –en tanto estética y política– del proteico salvador. Una especie monoteísta de liberación a partir de una nueva entidad cultural: la Historia.

-El proceso revolucionario en Cuba, en línea general, hasta el golpe batistiano del 10 de marzo, está basado en la visión estética del absurdo republicano. Mella, Guiteras y  Chibás apuestan por una revolución moral, mientras que a partir de 1953 la visión cambia para imponer lo político.

-Cuando mediante la historia lo estético se traduce en político, aparece el terreno expedito para crear la imagen de lo colectivo; aparece en escena el poder por lo político, por lo ritual: la voluntad del poder dictatorial sabe imponerse sobre los demás.

-De modo que a partir de aquí lo histórico impone y endereza la tendencia diáfana a la  necesidad del liderazgo y la presencia del poder político. Hace falta un líder, que sume  la estrategia moral y estética a la política como postulados fundamentales del poder.  Es un arte que implica, en ambos casos, el poderío del mando.

-Es Fidel Castro quien retoma lo que André Gide en “Prometeo mal encadenado” confirma como la transgresión pecuniaria y hostil a las fuerzas morales del mito en un siglo en el que la obediencia a Dios ha sido aniquilada. El Titán no viene ahora a liberarse del mito, de las ideas fundacionales de la revolución independentista, sino a dictar mediante la Historia, bajo su impostura. “La historia me absorberá”, texto con el cual Fidel Castro se defendió de la dictadura batistiana, es el alegato germinal de lo que sería después su dictadura: mitificó en la mente colectiva cubana la encarnación del héroe.

-En el discurso del nacionalismo cubano se filtra, a partir de la presencia de Fidel Castro en la Historia, la tendencia a ser héroe impar para prometer la liberación a cambio de la permanencia indefinida del poder.

ZARAGOYTIA   Y  LA  CLAVE ESCONDIDA

En El libro de los muertos existe una sentencia que me parece maravillosa y apropiada al contexto cubano. Egipcio dice que todo lo que puede ser ignorado es porque de un modo u otro fue olvidado. Y lo esencial de Cuba ha sido olvidado.

En un momento dado, algo que fue enterrado por alguna circunstancia no volverá a aflorar en su totalidad, sino en forma de fragmentos, piezas incompletas.  Esa es la palabra exacta, algo que fue enterrado, guardado como un tesoro, como una clave, ha de ser encontrado y sacado nuevamente a luz no por mediación de un proceso de reconstrucción histórica, sino de autoconciencia profunda. La historia misma que hemos ido conociendo a través de textos no puede asirlo.  Todo lo que nos llega como legado de ese olvido son pistas, ardides, sólo para pensar y buscar. Y el pensar aquí tiene una cualidad sumamente trascendental. No se trata del pensar por pensar.

Por eso la Historia, como ha señalado Emerson, se vuelve imprescindiblemente subjetiva; es decir, no hay propiamente historia, sino biografías. Y téngase en cuenta que la palabra subjetiva no plantea ningún problema filosófico a resolver; subjetiva aquí está referida a un estado de conciencia transmisible a través de canales emotivos,  sentimientos, pensamientos y experiencias internas individuales de un testigo, un guía, y no de lo que suele aportar el pasado como legado histórico. Se puede encontrar, entonces,  según entiendo lo que quiere expresar Emerson, el misterio, el “arco invisible” en la presencia del individuo. Sólo la individualidad posee la fuerza y la capacidad de trasmitir el verdadero legado, en este caso la razón de ser cubano.

De modo que, cuando Ignacio Zaragoytia y Jáuregui propuso para Cuba en 1820, desde la jurisdicción de Bayamo, un sentido de unidad de pueblo en el orden económico –Cuba no es sólo occidente, sino todas las comarcas que la componen–, proponía ya desde entonces, como dice Moreno Fraginals, una búsqueda de la insularidad, de la integración nacional. Pero lo hacía desde sí mismo. El era la prueba y la razón. Por otra parte Ángel Lago muestra que existe en el pensamiento de Zaragoytia algo más profundo, de mayor relieve, que trasciende el aspecto económico insular y va hasta el mismo centro del sentimiento de nacionalidad cubana, de amor a la patria. Había arraigado en él una filosofía muy apropiada acerca de la constitución del pueblo de Cuba que se adelantaba, en vuelo teórico, a la de su tiempo.

No me cabe duda que Zaragoytia sabía algo del misterio, de la clave escondida, de la Cuba profunda, pero no pudo expresarlo; más bien vemos en su enfoque la mirada sobre el pasado. Se siente en él como un eslabón más de la cadena que lo llevaría hasta el origen del misterio. Pero inevitablemente con él comienza una tendencia que llega hasta nosotros: el enfoque de esa búsqueda ha sido dirigido hacia el exterior. Hoy estamos buscando no para desenterrar la clave guardada, si no para mirar el sitio donde se halla enterrada; es decir, reconstruir los fragmentos, las pocas piezas, que nos lleven hasta el lugar donde ocurrió el escondite del secreto. Enfilamos nuestros sentidos cognitivos hacia el pasado. Eso es todo. En eso recesa la literatura cubana.

Nunca buscamos en el presente, es decir, en nosotros mismos. Exteriorizamos nuestra búsqueda. El propio Zaragoytia, creo entenderlo así,  andaba en esa búsqueda; él no es el principio de esa búsqueda, pero es lo mejor manifestado desde entonces.  El llevaba algo dentro, un atisbo de esa clave, que provenía de bien atrás y que fue pasando de manos en manos a través de lo que llamo “activación consciente emocional” de los grandes hombres cubanos. Zaragoytia no fue un poeta, pero tenía la facultad de médium para absorber algunos atisbos de esa clave. Esa clave es nuestra libertad individual.

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