Perfeccionismo vs poesia

En ninguna palabra existe por sí misma la poesía. No necesariamente un poema contiene poesía. Se supone que así sea, que el poema muestre al mismo tiempo la belleza, la gracia, el arte, pero desgraciadamente eso no está sucediendo. Existe algún motivo profundo, oculto, para que el poema esté siempre superándose y modificándose en tanto perfección, pero permanezca absolutamente estático, muerto, en tanto creación.

En este sentido resulta una contradicción, pero es una realidad inevitable, el hecho de que el poeta pueda “componer” un poema pero no “crearlo”. Para crearlo necesitará algo más que considerarse un poeta, algo más que sensibilidad: necesitará el salto, la liberación del ego. Necesitará retirase de sí mismo para no entorpecer la creación. Pero este retiro duele mucho y da mucho miedo, porque es como la muerte.

El perfeccionismo y el preciosismo del lenguaje están matando la poesía, acabando por imponer una suerte de “metafísica o metatranca poética”. Debido a ello, el arte vive hoy en una profunda dicotomía. El arte vive sin arte, el poema vive sin poesía.  Y es que muchos poetas, sobre todo aquellos que se creen elitistas o poslezamianos (o lezamianos), están por engendrar cadáveres (les interesa únicamente el perfeccionismo lingüístico del poema) y soslayan lo esencial. No se dan cuenta que el preciosismo lingüístico ha sido siempre un modo sutil para evitar la poesía, el impulso poético de la vida, que acaba creando una coraza en defensa del ego intelectual.

Si le preguntáramos a Heidegger, a Camus, a Sartre, nos dirían que la “metatranca poética”  es un subproducto etéreo de la filosofía existencialista, o sea, que oculta la misma ambigüedad teórica del existencialismo (según el  cual, míresele como se le mire, la vida no tiene sentido). Este sinsentido de la vida ha ido creando en muchos poetas la necesidad de embrollarse cada vez más en una mecánica perfeccionista. Para qué preocuparse por la vida si no tiene sentido vivirla. Entonces es mejor entenderla como un problema, como una ecuación matemática, como una filosofía; es mejor buscar en ella la perfección aun a sabiendas de que no tiene sentido vivirla.

Y eso está pasando con muchos poetas, están imitando la filosofía existencialista en su filosofía poética; están más por el preciosismo y el perfeccionismo de la medida y la gramática del poema que por la totalidad vital de la poesía. Hacen con ese perfeccionismo el papel del avestruz. Viven de palabras, como en una performance lingüística. Viven en la ilusión de creer que buscando el perfeccionismo lingüístico, puliendo al máximo el poema (gramática, ritmo, métrica, etcétera), están engendrando poesía, están creando una estética. Nada más falso. La poesía no tiene que ver nada, o casi nada, con un cadáver. Donde hay poesía hay vida y donde hay vida no puede haber perfeccionismo. Ambas cosas, vida y perfeccionismo, se excluyen.

Samuel Beckett tiene una preciosa parábola, Esperando a Godot, que recoge magistralmente cómo el sinsentido de la vida deviene en especulación, y de esa especulación surge un cadáver. Así es como he leído un poema que encontré en Internet. Reza así:

Yo vengo desde lejos a correr los cerrojos,
a mirar cómo se apagan los rescoldos
en la sala desierta
donde una vez centellearon, ilusivas,
mis palabras.
Siempre encubierto,
creí haber recreado estados espirituales
y era sólo el vicio de los ecos.
Y tardé tanto en comprender
que se puede acceder a la imagen,
pero el sentimiento ha de quedar velado al hombre.
Para decirlo mejor: una noche de angustia,
el escozor que nos hiende, el sollozo virginal,
el júbilo trepidante
no pueden ser enmarcados
en combinación alguna.
No se revisita la noche,
ni el escozor, ni el júbilo
a no ser que cerremos los ojos,
y resistamos la tentación de la página.
Describir un quebranto es medirnos
contra el arco de un dios
y requerir un efecto.
No se revisita ese quebranto
Para descubrir toda la vaciedad que allí se enmascara.
Descuidar así los pálpitos, y sustituirlos
por las imbricaciones de la naturaleza:
sutiles lazos, halos que no oscurecieron jamás
por ser las fachadas una obsesión
de quien sólo descubre en los reflejos
el rostro que le enaltece y le miente.
Como el que sobrelleva todo el desprecio de una estirpe
que aísla entre escombros,
preso de las simulaciones,
así he pagado el precio de las palabras.

No sé quién lo escribió, pero debe ser un poeta de gran talento para mutilar su gran talento.  Ningun error, perfecto, pero sin alma. Debe ser uno de esos grandes perfeccionistas imitadores, como el personaje de la obra de Beckett, Pozzo, que se titula dueño de la tierra y después de devorar un ave lanza los huesos a la humanidad.

Eso hace este poema. Eso están haciendo, en mayor medida, los poetas que luchan por el perfeccionismo poético; están lanzando huesos, cadáveres, a la humanidad. Están proponiendo un sustituto de la filosofía pesimista existencialista que dice que la vida no tiene sentido. Están llenando un jardín de rosas con espinas.

Ojo con este perfeccionismo, pues conduce a ningún lugar. Están jugándole una trampa a la humanidad. Están por el pesimismo, la angustia y el tedio. Quien escribió ese poema debe estar viviendo una profunda frustración existencial. No hay otra. Ha retirado del poema toda su gracia y poesía.

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