Pérez Bodalde y la canción del Eco

Durante el siglo XX, el ser hispanoamericano se fue alejando cada vez más de su naturaleza  poética. Emerson advirtió para América, en su imprescindible ensayo “El poeta”, el advenimiento de ese fenómeno de lejanía,  de separación entre la realidad del poeta y la formación del ego hispanoamericano.

Uno de los problemas de esta separación se debió orgánicamente a la intelectualización del ser, al sentido de in-acabamiento. Todo ha de volver a su naturaleza, a su raíz, a su origen. La angustia del hombre se debe a la pérdida del contacto con su naturaleza.  “El poema del Niágara”, que se le atribuye a Pérez Bonalde y al que José Martí dedicara un prólogo en forma de ensayo, es uno de esos textos de la poesía romántica muy insólito y al mismo tiempo muy significativo para la literatura hispanoamericana. Es un poema no común dentro de la producción poética del  movimiento romántico hispanoamericano. Su huella es mística, y aunque no se logra apunta a lo trascendental; está entre el sentir y la percepción poética. Debido a que el poema funge como un puente, cuya elaboración está en tránsito a lo moderno, lo actual, lo vivo, fue un poeta romántico, no un místico, el que lo puso en  conocimiento. Un poeta casi moderno vislumbró la gallardía de la verdad, el ímpetu que da significado a las exigencias del eco del torrente del Niágara, pero dicha exigencia es representada mediante el crepúsculo, entre el sentir y la percepción poética.

¿Cuántas veces el eco esperó por este momento, a que la percepción poética lo poseyera,  y cuántas veces puso en labios de poetas su canción para expresarse cabalmente? En realidad, lo que Pérez Bonalde nos entregó fue un poema, un canto, aun todavía incompleto, sobre  la naturaleza de la verdad. Nos entregó un sentir vislumbrando la percepción del eco. Su completamiento tarda en llegar. Heredia es un puente; Bonalde aun también lo es; ambos sienten su poderío,  pero más cercano al final, a la totalidad, a la percepción de la imagen se halla el ensayo, prosa-poética, de Martí. En la poética hispanoamericana no veo a nadie mejor que Lezama Lima como heredero de la poética perceptiva, pero sus poemas no llegan a la altura de la canción del eco que Pérez Bonalde pudo expresar.

Quizás nunca llegue a completarse la canción del eco; de ahí que hoy contemos sólo con el Prólogo para asistir a algo más de su misterio. Sabiendo que el poeta es incapaz de completar la llegada total del significado del torrente del Niágara, del eco, Martí permite que el ensayo vislumbre algo más. Pero sólo algo más, porque el ensayo no posee la dignidad de expresar nuestra naturaleza más íntima. La escritura pasa a ser de poética a ensayística. Y esto no es común. En toda la trayectoria, el eco del Niágara, cuya canción es existencial, no encuentra al vehículo idóneo para expresarse en forma total. Tal parece, desgraciadamente, que Hispanoamérica no lo hallará. De ahí que tenga que acudir a un poeta, a un romántico, a un vehículo tendencioso y angustiado, a punto de suicidarse, de quitarse la vida.

No ha habido un poeta más trágico en América que Bonalde. Una vez más, el Niágara pone en manos de un poeta su canción; él fue elegido por esa sencilla condición. Había llegado al límite de la desesperación existencial.  Pero el poeta Pérez Bonalde aun así no estaba a la altura de poder atrapar la totalidad del mensaje del eco. Paradójicamente,  la poesía lo escoge, el eco lo acepta como la única posibilidad real.

El poeta no puede fusionarse con la poesía, con el eco. Por eso el poema se torna un tanto escurridizo, extraño, confuso para el pensamiento literario hispanoamericano. Han soslayado la potencialidad de este poema. El poema descendió como un canto a medias, fragmentado e incluso dudando  que Bonalde quedara como un poeta en versos. Evoca el comienzo de la búsqueda espiritual en Hispanoamérica, una búsqueda para muchos colateral, no esencial. El mensaje del eco es mucho más amplio, pues nos alcanza y nos sobrepasa, pero un poeta en el limbo retuvo el principio, pudo saborear una pequeña imagen en ciernes. El mensaje del eco es un manifiesto directo en contra del mundo intelectual latinoamericano, contra la voluntad de poder, cuyo mensaje algún día descenderá; está por llegar y esperamos la urgencia de su llegada. De lo contrario todo se perderá, la belleza se extinguirá.

Quizás esto explique el esfuerzo del romanticismo, siempre balbuceando en los principios ¿Por qué, entonces, el eco no escoge a un poeta como Lezama, moderno, perceptivo con su poesía? ¿Por qué no escoge a ningún origenista para evocar su canto y llenar la brecha de la totalidad incluso cuando ya estaban las coordenadas de un “sistema poético del mundo”? Lezama se reiría como acostumbraba de esa no elección por parte del eco. ¡Qué extraño! Lezama no estuviese dispuesto; no estaría disponible, tal y como lo estaba, según Fina García, ante la perspectiva poética de José Martí.

De modo que existe una enorme diferencia cualitativa entre una pregunta que sale del ego y aquella que sale del ser para dirigirse a indagar sobre la búsqueda espiritual; es decir, para asistir al sondeo de quiénes somos en esencia. El esencialismo es mucho más que la retrospección mental; es trascender la mente misma, al ego por costumbre. Y esto fue lo que no pudo entender el elegido Pérez Bonalde. Por eso, en mi opinión, la diferencia en torno a dónde se dirige la pregunta marca la esencia del fenómeno de la modernidad. La pregunta intelectual, la del ego, se dirige al significado que adquiere el mundo sobre la conciencia del tiempo, entonces estamos ante un fenómeno moderno. Y Pérez Bonalde transitaba de lo romántico a lo moderno. Quizás por estar en el crespúsculo, el eco aprovechó el espacio para expresarse. Cerrada esa puerta jamás lo haría para expresarse, y así ha sucedido. El modernismo se convirtió en la puerta que cerró el espacio a la expresión de la “verdad”.

La modernidad es un fenómeno que, en mi opinión, surge de nuestra conciencia sobre el tiempo, es decir, acerca de lo que durará, en el plano físico, vivo el hombre. Sin embargo, esto se revela bajo una condición: sin saberse a dónde se dirige el hombre, sin que el hombre conozca el verdadero significado de la vida. En tal sentido, el autor del poema, Pérez Bonalde,  ha iniciado su creación con una pregunta, pero el torrente del Niágara, el eco,  no la puede responder de inmediato ya que ésta procede de un mero juego de su intelecto. El eco espera que su pregunta sea más bien una búsqueda o que al menos sacuda, bajo ese temor, esa ansiedad, los cimientos de su existencia. Y es que Pérez Bonalde con este poema inicia para las letras hispanoamericanas el intelecto de futilidad.

Pero esa no es la visión de Martí. El secreto de todo lo que rodea al poema es que el eco no puede responder a lo que proviene sólo del intelecto, es decir, procedente de la conciencia del tiempo. Pero cuando más adelante Bonalde le interroga sobre lo que sucede en el interior de sí mismo, sobre el sufrimiento que lo amenaza, sobre la tensión y el sin sentido de la vida que lo agobia, entonces el eco procede a su inquietud. El eco dice que después de esta vida no queda nada, si es que el profundo sentimiento de frustración se convierte en un accidente de la voluntad. Pero el eco ocultó la respuesta esencial, viendo que al poeta sólo le interesaba salir de la desgracia valiéndose de la esperanza y la utopía.

Así sucede el diálogo en ese bello poema entre el poeta y su objeto de poesía. Cuando se establece el diálogo, que fundamentalmente es inquiriendo una salida al estado de desesperación, descifrando el sentimiento de orfandad, se crean todas las necesidades para que el ensayista cumpla su cometido.  Es entonces cuando nace, no antes,  el ensayo-prólogo de Martí sobre el poema del Niágara de Pérez Bonalde. Martí vio la limitación del poeta; se dio cuenta que Bonalde no formuló correctamente la pregunta. Nunca preguntó si más allá de la conciencia del tiempo había otra posibilidad para superar el sufrimiento. Por eso el eco,  con sus respuestas iniciales, no contribuyó a que Pérez Bonalde sacara su propia conclusión acerca del sentido de la vida; no ayudó de manera directa a que el sentimiento de futilidad se hiciera claro en los sentimientos del poeta. El eco le hizo sólo una señal simbólica, indicó que había una salida y esa era la presencia, el estado consiente del torrente, de su afluencia, de permanecer siempre vivo como lo está la naturaleza. Sin embargo, la visión de Pérez Bonalde fue limitada; se auto impuso la afirmación de entrada, la pregunta y su respuesta a la afirmación, de acuerdo a su experiencia vital, de que la vida no tiene sentido, de que la vida siempre ha provocado desgracia y sufrimiento. Confundió la nada, el valor de negarse, como algo afirmativo. Y el sufrimiento, la valoración intelectual de que la vida no tiene sentido, calará hondo en Hispanoamérica durante el siglo XX. No hubo un poeta, no hay un ensayista de este periodo y el venidero, que no sufriera el sentimiento de futilidad de la vida: con la vida no se consigue nada positivo.

El ensayo de Martí es la respuesta que pudo haber dado el eco si la pregunta fuera la correcta: ¿quién soy yo? Pero las bases de la pregunta estaban dadas. Mas sobre cosas, el eco hubiese respondido al espacio, a la eternidad. Ese es el mérito y la belleza del poema. El poema describe una mentalidad  colectiva en ciernes: que el hombre está abocado a la desdicha de por vida; es decir, a no saber a dónde dirige. Al hombre le queda entonces una salida: luchar en la vida e imponerse el reto de que la vida tiene que ser una lucha constante, sobreponiéndose al sufrimiento, a la ansiedad y a la desdicha. La dicha para el hombre no existe, el amor es sólo un pretexto fallido. Y estas dos cualidades, la dicha y el amor, son valores del espacio, de la nada, no pueden ser comprados como se compra una cosa, un objeto. Pero la desdicha es la herencia de más de un siglo de historia para Hispanoamérica. Por eso Martí no está por la lucha, por la fuerza de la voluntad de poder, sino por el amor, por el valor más alto.

El ensayo de Martí va en contra de la conciencia del tiempo, porque con el tiempo social se han creado las bases de la desdicha y el sufrimiento. La ansiedad, el tedio, no forman parte de la naturaleza de la vida como quiso entender Pérez Bonalde para estar bien consigo mismo. La ansiedad es resultado del modo en que elige Bonalde vivir la vida basada en el pasado y el futuro. Si lucha vivirá en el sufrimiento,  porque luchar es permanecer atado a la cronología del tiempo histórico; si ama vivirá en la dicha, porque el amor trasciende el tiempo, del que está hecho el hombre arrogante. Este último es el valor más alto dentro de la estética martiana, pero ha sido obviado por entero. Conocemos a un Martí luchador, de acción política, lleno de voluntad y poder, pero desconocemos al poeta en actos.

El ensayo de Martí no es sólo un “ensayo” sobre el nacimiento de la verdad, es decir, que permite intelectualizar el rugir del eco, la bondad del torrente del Niágara, señalando hasta dónde el ser latinoamericano está profundamente dormido. Es también un intento de desmitificar ese dormir, esa mentira, ese  metarrelato histórico del devenir que intenta sobrevivir: ese metarrelato que conocemos como cultura latinoamericana.

He aquí el poema:

Heme aquí frente a frente
de la espesa tiniebla desde donde
oírme debe la deidad rugiente
que en su seno se esconde:
Dime, Genio terrible del torrente,
¿a dónde vas al trasponer, la valla
del hondo precipicio,
tras la ruda batalla
de la atracción, la roca y la corriente. . ?
¿A dónde va el mortal cuando la frente
triunfadora del vicio,
yergue, al bajar a la mundana escoria
en pos de amor, y venturanza y gloria?
¿A dónde van, a dónde,
su fervoroso anhelo,
tu trueno que retumba…?
Y el eco me responde,
ronco y pausado: ¡tumba!

Espíritu del hielo,
que así respondes a mi ruego, dime:
si es la tumba sombría
el fin de tu hermosura y tu grandeza;
el término fatal de la esperanza,
de la fe y la alegría;
del corazón que gime
presa del desaliento y los dolores;
del alma que se lanza en
pos de la belleza,
buscando el ideal y los amores;
después que todo pase,
cuando la muerte, al fin, todo lo arrase,
sobre el océano que la vida esconde,
dime qué queda;
dí ¿qué sobrenada..?
Y el eco me responde,
triste y doliente: ¡nada!

Entonces, ¿por qué ruges,
magnífico y bravío,
por qué en tus rocas, impetuoso, crujes
y al universo asombras
con tu inmortal belleza,
si todo ha de perderse en el vacío?
¿Por qué lucha el mortal, y ama, y espera,
y ríe, y goza, y llora y desespera,
si todo, al fin, bajo la losa fría
por siempre ha de acabar? Dime, ¿algún día,
sabrá el hombre infeliz dónde se esconde
el secreto del ser? ¿Lo sabrá nunca?
Y el eco me responde,
vago y perdido: ¡nunca!

¡Adiós, Genio sombrío,
más que tu gruta y tu torrente helado;
no más exijo de tu labio impío,
que al alejarme, triste, de tu lado,
llevo en el cuerpo y en el alma frío.
A buscar la verdad vino hasta el fondo
de tu profunda cueva:
mas, ay, en vez de la razón ansiada,
un abismo más hondo
mi alma desesperada
en su seno, al salir, consigo lleva…!
¡Ya sé, ya sé el secreto del abismo
que descubrir quería!
¡Es el mismo, es el mismo
que lleva el pensador dentro del pecho:
la rebelión, la duda, la agonía
del corazón en lágrimas deshecho!

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