Marcel Proust y el fin de la literatura

Hoy me sorprende el amanecer con el fino ruido de un automóvil, justamente al cantar los pájaros. Cuando uno lleva horas enganchado en la lectura de una narración como En busca del tiempo perdido, se desfasa la noción del tiempo. Entonces sientes como que no transcurre por un instante.

Ese sentimiento de levedad ha palpitado durante unos meses en mi percepción, y ya es casi familiar. Ahora comprendo lo que significaba para Proust la noción del tiempo y la memoria.    ¿Cuántas veces  escuche de Marcel Proust, de su novela monumental en siete volúmenes, de su estilo narrativo, de la penetración de su pensamiento y del efecto mariposa? Muchas veces. Lezama lo cita en su Diarios como uno de los más grandes escritores  que haya leído jamás. Pero no es hasta hoy que puedo compartir esa opinión.

Acabo de devorar el séptimo volumen, “El tiempo recobrado”, de la monumental novela “En busca del tiempo perdido”. Y si me permiten, iría más lejos que Lezama: en esa narración de más de cuatro mil páginas, Proust aniquiló la literatura de antes y después. Lo que va quedando hoy como literatura es un remanente de esa obra. El propio Lezama reaparece con su obra un tiempo después de “En busca del tiempo perdido”, como un chiquillo jugando a las caracolas en la orilla del mar. “En busca del tiempo perdido” no sólo contiene al narrador fascinante, al que habla de su vida a través del recorrido profundo por la memoria, el pasado y la historia, sino al fallido buscador. Proust comienza su primer volumen introduciéndonos en el despertar de un sueño, y termina el séptimo, “El tiempo recobrado”,  entrando de nuevo en el  sueño, en samadhi.  La narración de Proust es como una parte agigantada, desenvuelta, llenas de imágenes culturales del inconsciente que se comprime de un modo absoluto dentro de uno de los Yogas Sutras de Pantjali, el auténtico buscador oriental.

“En busca del tiempo perdido” es como la manifestación coloreada, y evanescente al mismo tiempo, por la cual se trasmite una sensación pálida y lánguida del sentido de la vida. Una sensación que obliga rotundamente al autor a  dos cosas: o a decir ¡basta! ante el límite que provoca la angustia existencial, o a que la vida se materialice –creía Proust para mayor beneficio– durante el sueño.  Es decir, como suele entrever hoy la literatura, que entre el despertar y el sueño –en ese tiempo– se puede  vivir. Y no es desacertada la idea. De ahí la esperanza, la utopía de que el hombre podía recobrar lo perdido, e incluso el tiempo vivido. De ahí también la postura narrativa del autor: hallándose saliendo y entrando del lugar donde la voluntad, sea la de Eros, Tanatos y Poder, pierde el  significado. Allí donde podemos, además, vivir mejor y al menos padecer la libertad deseada.

Es por esta apreciación que Lezama lo leía y lo veneraba, a tal punto que lo imitaba (para no decir que lo copiaba). Lezama reorientó su vida a través de Marcel Proust. ¿Era una encarnación? Proust padecía de asma, y por descuido murió de una complicación bronquial; Proust sufrió desde muy temprano la muerte de su padre y la represión de su homosexualidad; Proust finalmente se enclaustró en su apartamento y lo selló de corcho para no oír el bullicio de la gente. Proust escribía al ritmo de su letanía asmática y eso también hacía Lezama. Sólo que Lezama cambió el estilo narrativo, pero en esencia recaía en la misma la fuerza vital narrativa de Proust.

De modo que un pesimismo me asalta: a veces no quisiera leer más. Uno siente a ratos  que es por gusto, sin sentido, cuando descubre que somos la reseca del monólogo interior de otros. Nos narramos a nosotros mismos –siguiendo la pauta trazada– una y mil veces más para expresar lo mismo, el mismo sentido de ambigüedad sobre lo que llamamos el placer por la vida. Exteriorizamos lo que puede ser, a falta de una convicción generosa de ahogamiento consciente, lo exteriorizado, lo provocativo en el ámbito de la emoción y felicidad causal. Somos como la causa de una lanza cuando la enviamos, que siempre alcanza el sitio donde clavarse. Y debido a esto, a que todo es provocado en nosotros por una causa, la visión de Lezama ha dejado clavada la impronta de este inconveniente en el seno de la literatura cubana  actual.

¡Oh pobres poetas! No habrá poetas mientras la escalera sea una para todos.  Y Lezama es como la escalera para los demás. Creamos imágenes, pero aburridas ya por el tiempo. Recobrar lo perdido parece ser la naturaleza actual de la literatura cubana. Ya lo dijo Borges: hablamos de un tiempo que es, en sí mismo, una refutación.

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* Texto originalmente publicado en Neo Club Press.

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