El poeta que nunca fue

La búsqueda de un poeta, de un poeta en actos ―de una “nueva religión”, como la llamase José Martí en un determinado momento de su vida―, ha sido la mayor tragedia de la cultura cubana.

La cultura cubana lo ha logrado todo, o casi todo, en lo que respecta a los intríngulis definitorios del ser cubano, de su esencia como sujeto histórico social, como voluntad identitaria y nacionalista en toda la extensión cultural del término.   Pero no ha hallado al “poeta que falta”; no ha entrado en la “nueva religión”. En otras palabras, asumiendo un término provocador pero sui generis y conspicuo ―sugerido por el autor de la novela Erótica, Armando Añel―, no ha logrado “producir felicidad”. La productividad en términos de felicidad equivale en cierto modo a verificar parte de las esencias de un “poeta en actos”, de un productor de alegría, de ese poeta que en opinión de José Martí faltaba en la cultura latinoamericana.

Como la tradición poética cubana ha sido muy seria, lógica y fundamentalista, se ha empeñado en pulir la forma, el estilo, bajos viejos términos, y se ha olvidado del espíritu de la poesía, del camino que conduce a la “nueva religión”. Ha llegado a un límite, al espacio que separa estar reconociendo repetida veces una aguda crisis existencial del sujeto poético, sin trascenderla. La tradición poética ha producido la formalización del ritual, de los viejos lemas, del camino trillado, del amor al pasado, del culto a  lo conocido y al miedo a la muerte. Ha solapado la conciencia del tiempo con lo que en ética se conoce como el derecho del “deber hacer”. La tradición está obligada a un “deber”, sea patriótico o nacionalista.

Sin embargo, siento que en la tradición poética cubana hay una búsqueda inconsciente de fondo; que muy buenos poetas, comprometidos con la existencia de una isla y  su naturaleza social y geográfica, a su vez se comprometen a fuego limpio con la naturaleza del Ser cubano.  Pero la tradición cubana de poetas ha llegado, como dije,  a un punto: con Orígenes y la oblicua construcción de un Sistema poético del mundo, ha muerto. El recorrido a través de la Poesía se ha detenido. La búsqueda de ese poeta en actos oculto se ha interrumpido. Nada nuevo se vislumbra entre los poetas contemporáneos: viven del pasado.  ¿Por qué? Hay una curiosa tradición, muy permanente y arraigada como psicología en el cubano: el miedo a la muerte, el temor a perder su identidad corporal y social. Y la tradición, precisamente por ser tradición, no tiene manera de producir “dicha”.

De modo que sin esa llegada no tendremos nada mejor que una fútil tradición de poetas en versos, o simples constructores de poesía formal. Ha existido siempre un esfuerzo por crear una tradición, pero no por producir un poeta en actos, ya que un poeta de esta índole, paradójicamente, no se produce, sino nace. Emerson tiene una declaración que he citado en otra ocasión y que resume este parecer: “La esencia de la poesía es abolir todo el pasado”. Que no es más que abolir toda la tradición.

El brote del poeta en actos ha sido posible, pero a medias. A no ser entre Martí y Lezama, la búsqueda no ha estado arraigada en la larga tradición de la poesía cubana. El intento por ser un poeta dentro de la tradición ha menguado tal búsqueda: se trata del “poeta que nunca  fue”, y esa ha sido la desdicha, consciente e inconsciente, de la tradición poé-tica en Cuba. Regino Boti se dio de bruces con el sentimiento de estar por un tiempo separado de la tradición, pero por motivos que hoy desconocemos entró de nuevo en ella.  Cintio Vitier, en Lo cubano en la poesía, afianzó por pura lógica hegeliana el carácter tradicional de la poética cubana, asumiendo correctamente que el poeta se hallaba en conexión con la identidad, con el ego poético de ser cubano, pero descuidó ese espacio de separación y de trascendencia. Esos espacios de separación no reconocidos hasta el momento se han vislumbrado en tres grandes poetas cubanos: José Martí, Regino Boti y Lezama Lima.

En ese espacio de vacuidad, de pura alegría,  es donde se puede hallar al poeta en actos. El ser cubano, durante el siglo XX,  se fue alejando cada vez más  de su naturaleza  poética, del acto de ser un poeta, un productor de felicidad.  Emerson  advirtió para América ―y esto cabe para Cuba―, en su imprescindible ensayo El poeta, el advenimiento de ese fenómeno de lejanía,  de separación entre la realidad del poeta y la formación del ego poético. Uno de los problemas que emana de esta separación es el del “poeta que nunca fue”, cuya situación se debe a la intelectualización del ser. Todo ha de volver a su naturaleza, a su raíz, a su origen, dice Emerson. Por eso la angustia que sobreviene al ego poético cubano se debe a la pérdida del contacto con su naturaleza poética, de ese espacio que deja anónimo al “poeta que nunca fue”.

No tengo mejor demostración que la siguiente:

“El poema del Niágara”, que se le atribuye a Pérez Bonalde y al que Martí dedica un prólogo en forma de ensayo, es un texto de la poesía romántica muy insólito y al mismo tiempo muy significativo para la literatura hispanoamericana. Es un poema no común dentro de la producción poética del movimiento romántico hispanoamericano. Su huella es mística y, aunque no logra apuntar a lo trascendental, se sitúa entre el sentir y la percepción poética. Debido a que el poema funge como un puente, cuya elaboración está en tránsito a lo moderno, a lo actual, a lo vivo, fue un poeta romántico, no un místico, el que lo puso en conocimiento. Un poeta casi moderno vislumbró la gallardía de la verdad, el ímpetu que da significado a las exigencias del eco del torrente del Niágara, pero dicha exigencias son representadas mediante el crepúsculo, entre el sentir y la percepción poética.

¿Cuántas veces el eco esperó por este momento, a que la percepción poética lo poseyera,  y cuántas veces puso en labios de poetas su canción para expresarse cabalmente? En realidad, lo que Pérez Bonalde nos entregó fue un poema, un canto, aun todavía incompleto, de la naturaleza de la verdad. Nos entregó un sentir vislumbrando la percepción del eco. Su completamiento tarda en llegar. Heredia es un puente; Bonalde aún también lo es. Ambos lo sienten, pero más cercano al final, a la totalidad, a la percepción, se halla el ensayo en prosa poética de Martí. En la poética hispanoamericana no veo a nadie mejor que a Lezama Lima como heredero de la poética perceptiva, pero sus poemas no llegan a la altura de la canción de Pérez Bonalde.

Quizás nunca llegue a completarse la canción del eco; de ahí el prólogo de Martí al poema de Bonalde. Sabiendo que el poeta es incapaz de completar la llegada del significado del Niágara, del eco, da cabida al ensayo. La escritura pasa de ser poética a ensayística. En toda su trayectoria, el eco del Niágara, cuya canción es existencial, no encuentra al vehículo idóneo para expresarse en forma total, y al parecer Hispanoamérica no lo hallará. De ahí que tenga que acudir a un poeta, a un romántico, a un vehículo tendencioso y angustiado. Una vez más, el Niágara pone en manos de un poeta su canción. Pero el poeta no puede atrapar la totalidad del mensaje del eco. El poeta no puede fusionarse con la poesía. Por eso el poema se torna un tanto escurridizo, extraño, confuso para el pensamiento literario hispanoamericano. El poema sólo se pudo convertir en un canto para evocar el comienzo de la búsqueda espiritual. El mensaje es mucho más amplio, pero el poeta sólo pudo retener el principio, sólo pudo saborear una pequeña imagen en ciernes. En ello consiste la esencia del romanticismo, siempre balbuceando en los principios. ¿Por qué, entonces, el eco no escoge a un poeta como Lezama, perceptivo con su poesía,  para evocar su canto y llenar la brecha de la totalidad con el sistema poético del mundo? Lezama se reiría como acostumbraba de esa no elección por parte del eco. ¡Qué extraño! Lezama no estaría dispuesto, no estaría disponible, tal y como lo estaba, según Fina García, ante la perspectiva poética de José Martí.

La modernidad es un fenómeno que, en mi opinión, surge de nuestra conciencia sobre el tiempo, es decir, acerca de lo que durará, en el plano físico, el hombre. Sin embargo, esto se revela bajo una condición: sin saberse a dónde se dirige el hombre, sin que el hombre conozca el verdadero significado de la vida. En tal sentido, el autor del poema, Pérez Bonalde,  ha iniciado su creación con una pregunta, pero el torrente del Niágara, el eco,  no la puede responder de inmediato, ya que ella procede de un mero juego del intelecto. El eco espera que su pregunta sea más bien una búsqueda o que al menos sacuda,  bajo ese temor,  esa ansiedad, es decir, los cimientos de su existencialidad. Y es que Pérez Bonalde con este poema inicia para las letras hispanoamericanas el intelecto de futilidad y el apego a la tradición.

Pero esa no es la visión de Martí. El secreto de todo lo que rodea al poema es que el eco no puede responder a lo que proviene sólo del intelecto, es decir, de la conciencia del tiempo. Pero cuando más adelante Bonalde le interroga sobre lo que sucede en el interior de sí mismo, sobre el sufrimiento que lo amenaza, sobre la tensión y el sinsentido de la vida que lo agobia, entonces el eco procede a su inquietud. El eco dice que después de esta vida no queda nada, si es que el profundo sentimiento de frustración se convierte en un accidente de la voluntad. Pero el eco ocultó la respuesta esencial, viendo que al poeta sólo le interesaba salir de la desgracia valiéndose de la esperanza y la utopía.

El sufrimiento, la valoración intelectual de que la vida no tiene sentido, calará hondo en Hispanoamérica durante el siglo XX. No hay un poeta, no hay un ensayista de este periodo y del venidero, que no sufriera el sentimiento de futilidad de la vida: con la vida no se consigue nada positivo.

Y el ensayo de Martí es la respuesta que pudo haber dado el eco si la pregunta fuera la correcta: ¿Quién soy yo? El eco hubiese respondido al espacio, a la eternidad. Ese es el mérito y la belleza del espíritu del poema. El poema describe una mentalidad  colectiva en ciernes: el hombre está abocado a la desdicha de por vida; está pidiendo algo más, está llamando al poeta en actos. De modo que al hombre le queda entonces una salida: luchar e imponerse ante el reto de que la vida tiene que ser una lucha constante,  sobreponiéndose al sufrimiento, a la ansiedad y a la desdicha. De ahí que la dislocada idea de que la dicha no existe, o el amor, es sólo un pretexto fallido. Y estas dos cualidades, la dicha y el amor, son valores del espacio, de la separación que yace entre la tradición y lo trascendente. Pero la desdicha es la herencia de más de un siglo de historia para Hispanoamérica. Por eso Martí no está por la lucha, por la fuerza de la voluntad de poder, sino por el amor, por el valor más alto.

El ensayo de Martí no es sólo el nacimiento de un pretexto para atestiguar al poeta que nunca fue Pérez Bonalde, sino de una larga tradición de poetas. Hasta cierto punto, se trata de conocer que el sujeto poético está dormido, inmerso en la continuidad tradicional de un objeto que, en vez de producir felicidad, produce una continuidad identificada con la desdicha.

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