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Ouspensky, Paloma Cabadas y la conciencia lúcida

La mente que sueña nunca alcanzará la “conciencia lúcida”. Al menos que se entienda ésta a niveles de grados de conciencia, estaríamos clasificando un fenómeno de la vida, como son los sueños, apto para el conocimiento de la ciencia. La “conciencia” es la negación de los sueños, las imágenes, los símbolos y las metáforas. El hecho de decir “conciencia lúcida” es una tautología. La conciencia es lucidez, y no podría dividirse como se ha hecho con otros conceptos epistemológicos. La “conciencia” no tiene que ver con la ciencia, no es un concepto epistemológico, sino un acontecer de la vida.

La “conciencia” es un don, un regalo del acontecer poético de la vida. Lo poético (la poética) se refiere aquí a que la “conciencia” no puede ser explicada, conceptualizada, teorizada, sino indicada a base de metáforas y analogías. Lo que hace una “poética” es camuflar el trecho que separa al soñador de la “conciencia”, al ego de la “realidad”. Eso de que una persona puede estar consciente cuando ocurren sus sueños tiene sus degradaciones epistemológicas, teóricas, especulativas, pero no indica a ciencia cierta que sea verdad. ¿Quién puede comprobar que yo estuve consciente durante mis sueños? Esta es la pregunta esencial del siglo XXI. Por ahora, ya no queremos saber “quiénes somos” en realidad, sino comprobar hasta qué punto podemos estar conscientes durante nuestros sueños, fantasías e imaginaciones. Nos preocupamos ahora por especular sobre lo que se dice es un “viaje astral”.

Cuando dije en un texto anterior que éste sería el siglo de C. G. Jung, del “inconsciente colectivo”,  me refería de algún modo a que en los círculos científicos de la neurociencia y la psicología moderna (transpersonal) se estaba acunando una categoría para estudiar un tipo de sueño: los sueños astrales, el inconsciente colectivo, tras la vaga idea de la conciencia lúcida. Tras esta nueva categoría –conciencia lucida de los sueños– por supuesto se esconde el legado de Jung y una incipiente teoría científica que se empeña en elaborar una epistemología teórica sobre los sueños. ¿Por qué?

Esta es una vez más la astucia de la mente científica, de la epistemología y la teoría: cada experiencia del  mundo subjetivo/objetivo necesita ser demostrado a través de un aparato conceptual y categorial. Para demostrar que yo soy consciente de mis sueños debo crear una teoría, debo especular y crear todo un discurso. Debo escribir un libro. ¿Cómo hacer objetiva, creíble, la certeza de que mis sueños son conscientes? Si en verdad estuve consciente durante un sueño astral, una salida de mi cuerpo, la “conciencia” que atestigua no necesita de ningún vehículo propagandístico o ideológico para expresarse. No necesita de ningún catecismo.

El hecho de elaborar una teoría sobre los sueños, es un sueño en sí mismo. Muchos expertos en la materia viajan por el mundo dando conferencias sobre el tema, pero no alcanzan a dilucidar ellos mismos que sus propias conferencias delatan que nunca han estado conscientes de nada, ni de los sueños ni de la vigilia. Ellos se muestran inconscientes impartiendo conferencias. En el instante de pronunciar la palabra “conciencia lúcida” como una categoría fenomenológica, caen en manos del sueño; comienzan a soñar y a proyectar imágenes. El soñador soñando con la teoría, con el espejo. Por este motivo, Ouspensky dijo que, de seguir las cosas así, hasta el siglo XXI continuaría navegando a través de la rigidez epistemológica y metafísica. Era un augurio que podemos comprobar hoy.

El hombre en sí mismo es muy charlatán. Una cosa es estar conscientes de que estamos dormidos –que ya es un gran avance–, de que somos soñadores inconscientes, y otra cosa es poseer “conciencia lúcida” de los sueños sin dejar una prueba empírica concreta. Esta era la angustia de un genio como P. Ouspensky. A sus discípulos, Ouspensky quería demostrarles una experiencia consciente; les había hablado durante veinte años sobre la “conciencia”, sobre los estados de conciencia, pero la insatisfacción por una demostración de esa realidad lo sumergía en la angustia. Opinaba que la prueba no podía ser en el orden metafísico e intelectual. Tenía que ser un acto poético, vital.

Estaba muy enfermo e intuía que muy pronto su cuerpo moriría. Y entonces dijo: “Esta es mi oportunidad, ha llegado el momento de dar esa prueba deseada. Mi angustia tiene que ser cancelada ahora y la muerte es el mejor experimento”. Pero su médico le había informado que debía guardar reposo absoluto, de lo contrario podía morir.  Fue cuando llamó a sus discípulos y les dijo: “Acérquense, ha llegado el momento de la verdad. Les he hablado de la conciencia,  pero nunca les es he ofrecido una prueba real. ¡Voy a morir consciente y quiero que vean el hecho!”. Sus discípulos cuentan que Ouspensky se puso de pie y comenzó a caminar por toda la habitación durante varios días, sin dormir, a pesar de la extrema debilidad de su cuerpo. Llegó el momento en que sintió que el sueño y la debilidad lo rendían, pero él se resistía y luchaba por no dormirse, por no acostarse. Hasta que llegó el momento en que comenzó a sentir el inicio de la implosión.

“Ahora presten atención –dijo Ouspensky a sus discípulos–, porque comienzo a morir. Se me doblan las piernas, pero Ouspensky sigue aquí; me falta el aire, pero Ouspensky sigue aquí; ya no puedo hablar, pero Ouspensky sigue aquí”. Y estas fueron sus últimas palabras. La “conciencia” fue lo único que sobrevivió. El hecho da fe de que Ouspensky pudo haber muerto consciente. Pero es muy lindo hablar de estos fenómenos de la “conciencia” sin ofrecer una prueba concreta. Lo mismo sucede con los sueños astrales. No sabemos si lo que nos dice la experta en “conciencia lúcida” Paloma Cabadas es una proyección, un sueño o la realidad de que su conciencia ha salido de su cuerpo. Hasta ahora solo ha ofrecido como prueba sueños, conceptos y teorías. Sus tres libros así lo indican.

Para dar prueba de “conciencia” durante un viaje astral hay que espera dos momentos: a la muerte del cuerpo físico y a una segunda y definitiva: la muerte del ego. Por tanto, todo lo que podamos decir sobre los sueños en forma metafísica e intelectual seguirá siendo un sueño.

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Centro, imagen y pensamiento

Estas tres categorías, centro, imagen y pensamiento, forman la realidad abstracta (filosofía),  la realidad artística (arte) y la realidad absoluta (religión).  Forman las tres el Trimurti de la Realidad. La filosofía al pensamiento, el arte a la imagen y la religión al centro. El pensamiento es irreal respecto a la imagen y la imagen es irreal respecto al centro. En la medida en que se retrocede (que es un avance) del pensamiento al centro, la vida se torna real. En la medida en que se avanza (que es un retroceso) del centro al pensamiento, la vida se vuelve irreal. La Realidad es el centro: imagen y pensamiento representan lo irreal.

¿Qué es ese centro? No lo sé. No sé como categorizarlo y definirlo. No tiene para mí un planteamiento artístico y filosófico, pero aun así ha habido filósofos y poetas que ha intentado definirlo, aun cuando definir la realidad es un esfuerzo inútil. Nikolai Berdiaev, el genial filósofo ruso, asumió la “existencia” como la categoría para definir ese centro. En sus Cinco meditaciones sobre la existencia, Berdiaev logra empatar al pensamiento y al arte  con la existencia, y a partir de entonces determinar,  lógicamente, que la esencialidad de la vida reposa sobre ese centro, y que por ende el arte y el pensamiento le pertenecen por añadidura. La conclusión de Berdiaev es filosófica, abstracta, muy buena para el pensamiento, pero no me atrae.

Otro gran filósofo, el francés Gastón Bachelard, es mucho más sugerente y atractivo, dado a su visión poética, pero tampoco me atrae del todo. Aun cuando se refiere a ese centro, él está lejos, distante. Se coloca sobre la imagen, acercándose más a la realidad y de ahí define el centro. Su definición de lo real,  aunque contiene una dosis de filosofía y pensamiento, es artística. En dos de sus mejores libros, La poética del espacio y La poética de la ensoñación, pacta con la idea de Jung sobre el inconsciente colectivo y se desliza sobre la ensoñación para dilucidar la imagen como espacio, como mito. Termina en una teoría, en una explicación.

¿Qué es entonces ese centro? Es una experiencia, no una mera experiencia. Es arte, no mero arte. Cuando asumimos la realidad como pensamiento estamos soñando en palabras, y cuando tomamos la imagen como realidad invertimos el proceso y comenzamos a soñar en pensamientos  Cuando ganamos la experiencia de ese centro, imagen y pensamiento se han extinguido. En ese centro ya no van a existir ni imagen ni pensamiento: es trascendente. La naturaleza del centro es la misma de la cual está hecha la naturaleza humana: ese centro eres tú, la auténtica realidad. El único espacio donde hacer crecer la belleza de la vida y su significado real

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La barrera del horizonte

En su novela Hacia el horizonte (Editorial Letras Cubanas, 2007), el narrador y ensayista Joel James dice que “la razón de ser del horizonte es no ser alcanzado jamás”.  Y tiene razón, porque el horizonte, la esperanza, el futuro, el paraíso y todo lo que la imaginación pueda crear por delante de uno mismo, nunca será atrapado y vivido realmente.

El horizonte llega como la ficción de la vida, que no es verdad. El horizonte es entonces el truco del que parte la imaginación para salvar al hombre de la tensión, la angustia y el sinsentido que acuden a su vida. El horizonte es sólo un testimonio de la brecha que se abre entre la creación y la creatividad. Y mientras el horizonte exista para el hombre, mientras quede una distancia entre lo que es y lo que desea ser, no habrá vida para él.

La imaginación que está en función de la creación y se abre al horizonte es como ir acercándose a la muerte; la creatividad, la imaginación en función del presente, resulta constructiva en función de la vida misma. Cuando en literatura el escritor se cierne sobre el horizonte, cuyo objetivo es primordial, acaba matando la vida. Cuando en Paradiso, obra de Lezama Lima, la realización de Cemí se posterga en el futuro, en el mañana, se abre el camino de la angustia. Y esta angustia será perseguida después por los que serán sus epígonos. La tradición literaria es un resultado de esa separación que nunca se logra colmar.

El escritor en su naturaleza humana se halla en esa encrucijada, entre la creación y la creatividad. Creación equivale a tensión y sufrimiento; creatividad implica relajación, salud. Estos dos términos deben ser entendidos en profundidad porque nunca se encuentran. Por eso la poesía (el contenido poético) tiene dos dimensiones intransmisibles que se logran mediante la imaginación: la “creación” y la “creatividad”. Ambas grandezas, en el argot literario, aparentan indicar lo mismo, se mezclan con facilidad, pero el uso que se hace de ellas es arbitrario respecto a la “existencia”. Para la existencia estas dos palabras nunca significarán lo mismo; no advienen en una misma dimensión de la realidad, sino en dos. De modo que la “creación poética” no será la misma, en la forma y el contenido en que florece la poesía, en un estado de “creatividad poética”. La creación de algo (a no ser que sea la vida), siquiera la de un personaje literario, será un florecimiento en sí mismo. Algo debe florecer, pero no en el terreno de la literatura y la escritura.

Los poetas y narradores viven, por ende, en una tensión perenne. Su mirada siempre concentrada en el futuro crea la separación, la ansiedad. Por lo general cuando se escribe algo, un poema, una novela, un cuento, un ensayo, aparece la tensión. Debido a que la escritura es un modo muy natural de separarse de la realidad. Entre el escritor y lo que se escribe existirá un espacio, una distancia y,  por ende, habrá tensión. En la danza, en el baile, la separación no existe. Entre el bailarín y el baile no hay separación, entonces no hay tensión.

¿Qué quiere decir esto? Que los escritores siempre están anhelando el futuro. Proyectando la imaginación hacia el futuro. Están creando para el horizonte. La literatura ha avanzado en esa dirección. Por eso, como bien ha señalado Harold Bloom, existe la ansiedad de las influencias. Cuando digo que José Martí me ha influenciado mucho estoy alcanzando a decir que ha creado un “horizonte” sobre mí, ha abierto la tensión sobre mí. Ha creado una imagen, una ficción, sobre lo que será el futuro. ¡Ha creado algo sin sustancia alguna para mí! Entonces debo seguir en esa creación de ficciones. Es así como se crean las generaciones, las tradiciones literarias. Éste es un punto sin retorno, frenético, que la literatura ha creado para sobrevivir a su existencia.

De hecho, se hace inimaginable tener la libertad de crear en el presente, es decir, crear lo que estamos viviendo ahora mismo conscientemente. ¡Es imposible! Quien lo logre, cosa bien difícil, habrá entrado de lleno en la creatividad. Habrá dejado atrás la imagen del “horizonte”, que tanto daño nos hace en los días que corren. Dejará de creer en el “eros de la lejanía”.

Con la creación, el sujeto imaginativo permanece ahí. Dice: “Yo soy el creador”. Con la creatividad el sujeto desaparece de la escena: “Sólo queda lo creado”. Incluso intentar decir que el sujeto ha desaparecido de la escena no equivale a vivir la creatividad. El asunto es bien complicado y habrá de entenderse adecuadamente, porque en muchos textos la concepción sobre la creación suele confundirse con la creatividad. Es decir, la creatividad no es un florecimiento en sí mismo si lo miramos desde el esfuerzo del ego.

La creación nace de la voluntad de poder, del sujeto, de la imperiosa necesidad del futuro. La creación contiene la imaginación por el futuro. El “poeta” vive de ese horizonte; mientras, por el contrario, el “poeta en actos” trata de vivir la experiencia de cómo la está viviendo, de cómo le está sucediendo ahora mismo. El sujeto se ha ido, y en su lugar queda la poesía. En su lugar va quedando la diversión.

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La antorcha perdida de la poesía

La poesía ha perdido sus días de gloria. En manos de unos torpes se ha dañado su dignidad. Hoy no contiene valor significativo, ninguna búsqueda fundamental: no señala ningún misterio sobre la vida. Quizás por esta razón el público en general no lee poesía.  Le aburre la idea de que estamos sujetos a la desesperanza, a vivir una vida sin sentido. Fatalmente, un reducido grupo de poetas ha terminado leyéndose a sí mismo.

La poesía se ha transformado en un ritual sinfónico que apoya la filosofía del suicidio, la melancolía y una actitud trágica ante la vida. La poesía hoy no contiene asidero, impulso poético, para entender y trascender la abulia existencial. La poesía es hoy un mito; un mito empobrecido para sostener la caridad y el desosiego. Es dada a recibir a cambio de algo. Constituye una transacción manufacturada en el mercado de la existencia, sobre  todo en el desconcierto en que transcurre la conciencia humana.

Hubo un tiempo en que la poesía portaba una antorcha. Eran momentos de encanto, de fiesta, porque la poesía, en el verdadero sentido de la palabra, postulaba una búsqueda sincera de la “verdad”. No quería  limitarse a pensar, a filosofar, sino a amar la vida, a celebrar el misterio. El misterio de la vida era su amor. Pero la antorcha pasó olímpicamente a otros y se apagó. El acto poético, el impulso poético, desaparecieron.  Hoy nos cuesta reconocerlos porque los nombrados “grandes poetas” modernos  no son más que excéntricos comprometidos con el lenguaje. No les interesan la Existencia en sí misma, sino la palabra “existencia” y cuantas formas verbales puedan  utilizar de acuerdo al contexto y al significado. No le llamaría a esta tradición de “poetas”, sino de “sofistas”.

La poesía hoy es un resultado del sofismo más irreverente y petulante. Vive fingiendo la vida través de las palabras. De hecho un ladrón pudiera decir: Yo cumplo con robar, pero es la poesía quien me lo ordena. La poesía de hoy se ha vuelto eso: una bonita manera de fingir, de justificar por qué no se ha hallado salida a la angustia existencial. No tiene ningún interés en la “verdad”. Ellos, los nuevos sofistas, retiraron del espacio poético su impulso, su Élan vital, su inocencia, y lo ocuparon con el lenguaje. Ha sido el acto suicida más importante de nuestra época.

No fue la filosofía existencialista la que creó la “irremediable vacuidad” de la vida. Fueros los nuevos sofistas, los poetas, con su desmedido acento en las palabras, los primeros en señalar ese punto sin retorno al que está abocada la humanidad. Al apagar la antorcha de la poesía, abrieron el hoyo, la brecha de la “vacuidad”.  Sienten que están haciendo algo hermoso con el lenguaje. Se sienten hegelianos en el sentido de que, mientras más extravagantemente usen el lenguaje, más profundidad habrá en lo que dicen. Pero es sólo una sensación.

Hubiera sido mejor continuar aquellos tiempos de gloria en que la poesía era una búsqueda perenne de la verdad, toda la magia que impregnaba al poeta en actos.

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Perfeccionismo vs poesia

En ninguna palabra existe por sí misma la poesía. No necesariamente un poema contiene poesía. Se supone que así sea, que el poema muestre al mismo tiempo la belleza, la gracia, el arte, pero desgraciadamente eso no está sucediendo. Existe algún motivo profundo, oculto, para que el poema esté siempre superándose y modificándose en tanto perfección, pero permanezca absolutamente estático, muerto, en tanto creación.

En este sentido resulta una contradicción, pero es una realidad inevitable, el hecho de que el poeta pueda “componer” un poema pero no “crearlo”. Para crearlo necesitará algo más que considerarse un poeta, algo más que sensibilidad: necesitará el salto, la liberación del ego. Necesitará retirase de sí mismo para no entorpecer la creación. Pero este retiro duele mucho y da mucho miedo, porque es como la muerte.

El perfeccionismo y el preciosismo del lenguaje están matando la poesía, acabando por imponer una suerte de “metafísica o metatranca poética”. Debido a ello, el arte vive hoy en una profunda dicotomía. El arte vive sin arte, el poema vive sin poesía.  Y es que muchos poetas, sobre todo aquellos que se creen elitistas o poslezamianos (o lezamianos), están por engendrar cadáveres (les interesa únicamente el perfeccionismo lingüístico del poema) y soslayan lo esencial. No se dan cuenta que el preciosismo lingüístico ha sido siempre un modo sutil para evitar la poesía, el impulso poético de la vida, que acaba creando una coraza en defensa del ego intelectual.

Si le preguntáramos a Heidegger, a Camus, a Sartre, nos dirían que la “metatranca poética”  es un subproducto etéreo de la filosofía existencialista, o sea, que oculta la misma ambigüedad teórica del existencialismo (según el  cual, míresele como se le mire, la vida no tiene sentido). Este sinsentido de la vida ha ido creando en muchos poetas la necesidad de embrollarse cada vez más en una mecánica perfeccionista. Para qué preocuparse por la vida si no tiene sentido vivirla. Entonces es mejor entenderla como un problema, como una ecuación matemática, como una filosofía; es mejor buscar en ella la perfección aun a sabiendas de que no tiene sentido vivirla.

Y eso está pasando con muchos poetas, están imitando la filosofía existencialista en su filosofía poética; están más por el preciosismo y el perfeccionismo de la medida y la gramática del poema que por la totalidad vital de la poesía. Hacen con ese perfeccionismo el papel del avestruz. Viven de palabras, como en una performance lingüística. Viven en la ilusión de creer que buscando el perfeccionismo lingüístico, puliendo al máximo el poema (gramática, ritmo, métrica, etcétera), están engendrando poesía, están creando una estética. Nada más falso. La poesía no tiene que ver nada, o casi nada, con un cadáver. Donde hay poesía hay vida y donde hay vida no puede haber perfeccionismo. Ambas cosas, vida y perfeccionismo, se excluyen.

Samuel Beckett tiene una preciosa parábola, Esperando a Godot, que recoge magistralmente cómo el sinsentido de la vida deviene en especulación, y de esa especulación surge un cadáver. Así es como he leído un poema que encontré en Internet. Reza así:

Yo vengo desde lejos a correr los cerrojos,
a mirar cómo se apagan los rescoldos
en la sala desierta
donde una vez centellearon, ilusivas,
mis palabras.
Siempre encubierto,
creí haber recreado estados espirituales
y era sólo el vicio de los ecos.
Y tardé tanto en comprender
que se puede acceder a la imagen,
pero el sentimiento ha de quedar velado al hombre.
Para decirlo mejor: una noche de angustia,
el escozor que nos hiende, el sollozo virginal,
el júbilo trepidante
no pueden ser enmarcados
en combinación alguna.
No se revisita la noche,
ni el escozor, ni el júbilo
a no ser que cerremos los ojos,
y resistamos la tentación de la página.
Describir un quebranto es medirnos
contra el arco de un dios
y requerir un efecto.
No se revisita ese quebranto
Para descubrir toda la vaciedad que allí se enmascara.
Descuidar así los pálpitos, y sustituirlos
por las imbricaciones de la naturaleza:
sutiles lazos, halos que no oscurecieron jamás
por ser las fachadas una obsesión
de quien sólo descubre en los reflejos
el rostro que le enaltece y le miente.
Como el que sobrelleva todo el desprecio de una estirpe
que aísla entre escombros,
preso de las simulaciones,
así he pagado el precio de las palabras.

No sé quién lo escribió, pero debe ser un poeta de gran talento para mutilar su gran talento.  Ningun error, perfecto, pero sin alma. Debe ser uno de esos grandes perfeccionistas imitadores, como el personaje de la obra de Beckett, Pozzo, que se titula dueño de la tierra y después de devorar un ave lanza los huesos a la humanidad.

Eso hace este poema. Eso están haciendo, en mayor medida, los poetas que luchan por el perfeccionismo poético; están lanzando huesos, cadáveres, a la humanidad. Están proponiendo un sustituto de la filosofía pesimista existencialista que dice que la vida no tiene sentido. Están llenando un jardín de rosas con espinas.

Ojo con este perfeccionismo, pues conduce a ningún lugar. Están jugándole una trampa a la humanidad. Están por el pesimismo, la angustia y el tedio. Quien escribió ese poema debe estar viviendo una profunda frustración existencial. No hay otra. Ha retirado del poema toda su gracia y poesía.

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El ego curricular

El ego curricular esconde una verdad, tiene una psicología oculta: la ilusión intelectual. Sustituye la belleza de la voluntad de poder. “Un currículum es –dice Juan Antonio García Borrero– la vuelta al ego en ochenta líneas”. Y es que el ego ha llegado a empobrecerse tanto, a perder de tal manera vitalidad, que ha quedado expuesto en ochenta líneas. ¡Qué poca virtud la del ego!

De haber nacido en esta época, Nietzsche hubiese afirmado: ¡qué poca valía la de estos intelectuales reducidos a ochenta líneas! ¡Qué voluntad tan pequeña y errática para reafirmarse! De modo que esta reducción del ego a unas pocas palabras, a un currículum, a una presentación, evidencia social y psicológicamente un gran complejo de inferioridad. Como no pueden crear, como sus obras no evidencian ninguna creatividad, muchos intelectuales reducen el ego creativo a un estado curricular. El currículum es una norma utilitaria, pero está siendo utilizado para camuflar la escasa capacidad de creación. Con él se intenta establecer un prestigio moral e intelectual que no se tiene.

El hecho mismo de “curricular” la “historia intelectual”, tiene como base una abismal hipnosis del lenguaje y las palabras. Los motivos son muchos, pero  muchos “intelectuales” se ven mayormente arrastrados y tentados por la “grandeza” de crear historias curriculares más que por desarrollar la creación artística. Son agresivos en tanto pueden acumular evidencias curriculares. Hoy en día es una práctica extendida, porque un buen currículum puede más que la voluntad de cualquier hombre. Por medio de un currículum algunos se pueden apoderar más fácilmente del poder que por medio de la voluntad. Y quienes mejor desarrollen esta estrategia pasarán a la ofensiva, aunque por muy poco tiempo.

El ego curricular constituye además una de las muchas prisiones del espíritu. Es como un disfraz para decir “quien soy yo” sin ser realmente. A menos creatividad más ego curricular ¡Pura insensatez! Y así, se piensa que un buen currículum determina la salud de un buen intelectual.

Pero no sólo el ego se alimenta de palabras y currículum: el ego intelectual posee también la belleza intrínseca de poder salir algún día de la trampa de la hipnosis intelectual. Tiene voluntad para dejar atrás el pobre significado del ego curricular. La poética del ego, si es que cabe el término, no se reduce a una vuelta en ochenta líneas.

Seguramente conocen El mito de Sísifo, de Albert Camus. El ego curricular es como ese mito. Camus fue uno de los más grandes intelectuales del siglo XX. Y con El mito del Sísifo quiso representar existencialmente su propia queja intelectual. Se quejó de la vanidad de esas jergas curriculares  como piedras de Sísifo, pesadas y abultadas, haciéndonos retroceder al mismo sitio, al lugar de las palabras y el lenguaje, reduciéndonos a un concepto. Y eso es un currículum, el concepto de llevar una gran carga pesada de palabras a cuestas, de enmascarar la doble moral que impide la liberación en espíritu. Ochenta líneas pesan más que toda la humanidad sobre la tierra.

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